miércoles, 26 de noviembre de 2025

Ciento cuarenta segundos


Son mil setecientos treinta tics con sus mil setecientos treinta tacs. Lo sé del principio, de cuando éramos nuevos. Ahora ya no los cuento casi nunca, aunque hay veces —es cierto— en que no puedo hacer otra cosa. ¿Qué harías tú si vivieras en la oscuridad más absoluta? ¿Si nada te acompañara salvo ese sonido hipnótico y omnipresente? ¿Si nada más te anclase a la cordura?

No lo dudes: contarías tics y contarías tacs. Como yo.

Porque sí, porque ese absurdo conteo es la única manera de saber cuándo se acerca el otro ruido, el que de verdad espero: el primer chasquido, el clac inicial que lo empieza todo.

Es breve y seco. Un disparo que despierta a los engranajes y contrapesos, que se activan perezosos, como si, en lugar de poco menos de una hora, llevaran siglos en su forzado sueño. Los chirridos de las ruedas dentadas y las poleas mal engrasadas se adueñan de todo, opacando incluso al perenne tic tac.

Entonces comienzo mi recorrido y el traqueteo de mi marcha por el carril se une a los rechinidos de los engranajes. Nada de ello logra ocultar la belleza de la melodía que empiezan a tocar las campanas.

«Ella también se está moviendo ya», pienso, y me concentro hasta estar seguro de escuchar el batir del mecanismo que la hace girar. No puedo evitar hacerlo, aunque sé que es ridícula mi incertidumbre: ella nunca ha faltado a nuestra cita. Aun así, no soporto imaginar que no apareciera.

No tardo en estar seguro de su presencia. El quejido de las puertas al abrirse pregona la llegada de la luz. Esta inunda el interior de la torre. La veo incluso antes de que salgamos, antes de traspasar el umbral de nuestro nicho y enfrentarnos al mundo.

La veo, sí: los brazos estirados por encima de su cabeza, las manos unidas con gracia por las puntas de sus dedos de madera, levemente flexionada la pierna izquierda. Girando y girando sin parar. En ese instante, en ese breve momento en la penumbra, antes de cruzar el muro, nuestros ojos se encuentran y nos lo decimos todo. Yo sé que ella baila solo para mí. Ella sabe que las inaudibles notas que intento arrancar de mi violín son solo para ella.

No dura mucho. Las mismas manecillas que nos han liberado nos esclavizan: debemos seguir nuestro camino al exterior y completar nuestra eterna coreografía.

El tic tac que nos gobierna nunca se detiene.

Luego, el bullicio, los aplausos y las voces de asombro y admiración. A veces, en verano, la plaza se abarrota de ridículos turistas, y el ruido que generan tapa incluso la música de las campanas. Prefiero los días de lluvia; hay menos curiosos contemplándonos embobados.

Nos cruzamos. Ella traza un último giro melancólico delante de mí, más lento que los anteriores, como si luchara por verme más tiempo y lograra retrasar lo inevitable. En ese momento siempre intento tocarla, liberar mi brazo de su condena, extenderlo y rozarla, pero es imposible. Sigo adelante. Ella queda a mi espalda, y yo solo puedo mirar al frente, como un imbécil, incapaz de volverme.

El tic tac nos reclama, despiadado, y respondemos a la llamada.

Nos adentramos otra vez en la torre, donde nos recibe la misma sinfonía de chillidos de metal y madera chocando con madera. Se cierran las puertas y volvemos a la oscuridad.

El clac que comenzó nuestro viaje lo detiene ahora, cruel, sin misericordia. Suena como la tapa de un ataúd al cerrarse de golpe. Después, cuando su eco se apaga, no queda más sonido que el tic tac.

Mil setecientos treinta tics con sus mil setecientos treinta tacs.

©Gabriel Martín

10-10-2025

Cuento para el Taller de escritura "Tinta y Sal", basado en una canción, Tic Tac, que escribí hace años y que pedía a gritos convertirse en algo más.