Son mil setecientos treinta tics con sus mil setecientos treinta tacs. Lo sé del principio, de cuando éramos nuevos. Ahora ya no los
cuento casi nunca, aunque hay veces —es cierto— en que no puedo hacer otra
cosa. ¿Qué harías tú si vivieras en la oscuridad más absoluta? ¿Si nada te
acompañara salvo ese sonido hipnótico y omnipresente? ¿Si nada más te anclase a
la cordura?
No lo dudes: contarías tics y contarías tacs.
Como yo.
Porque sí, porque ese absurdo conteo es la única
manera de saber cuándo se acerca el otro ruido, el que de verdad espero: el
primer chasquido, el clac inicial que
lo empieza todo.
Es breve y seco. Un disparo que despierta a los
engranajes y contrapesos, que se activan perezosos, como si, en lugar de poco
menos de una hora, llevaran siglos en su forzado sueño. Los chirridos de las
ruedas dentadas y las poleas mal engrasadas se adueñan de todo, opacando
incluso al perenne tic tac.
Entonces comienzo mi recorrido y el traqueteo de mi
marcha por el carril se une a los rechinidos de los engranajes. Nada de ello
logra ocultar la belleza de la melodía que empiezan a tocar las campanas.
«Ella también se está moviendo ya», pienso, y me
concentro hasta estar seguro de escuchar el batir del mecanismo que la hace
girar. No puedo evitar hacerlo, aunque sé que es ridícula mi incertidumbre:
ella nunca ha faltado a nuestra cita. Aun así, no soporto imaginar que no
apareciera.
No tardo en estar seguro de su presencia. El quejido
de las puertas al abrirse pregona la llegada de la luz. Esta inunda el interior
de la torre. La veo incluso antes de que salgamos, antes de traspasar el umbral
de nuestro nicho y enfrentarnos al mundo.
La veo, sí: los brazos estirados por encima de su
cabeza, las manos unidas con gracia por las puntas de sus dedos de madera,
levemente flexionada la pierna izquierda. Girando y girando sin parar. En ese
instante, en ese breve momento en la penumbra, antes de cruzar el muro,
nuestros ojos se encuentran y nos lo decimos todo. Yo sé que ella baila solo
para mí. Ella sabe que las inaudibles notas que intento arrancar de mi violín
son solo para ella.
No dura mucho. Las mismas manecillas que nos han
liberado nos esclavizan: debemos seguir nuestro camino al exterior y completar
nuestra eterna coreografía.
El tic tac
que nos gobierna nunca se detiene.
Luego, el bullicio, los aplausos y las voces de
asombro y admiración. A veces, en verano, la plaza se abarrota de ridículos
turistas, y el ruido que generan tapa incluso la música de las campanas.
Prefiero los días de lluvia; hay menos curiosos contemplándonos embobados.
Nos cruzamos. Ella traza un último giro melancólico
delante de mí, más lento que los anteriores, como si luchara por verme más
tiempo y lograra retrasar lo inevitable. En ese momento siempre intento
tocarla, liberar mi brazo de su condena, extenderlo y rozarla, pero es
imposible. Sigo adelante. Ella queda a mi espalda, y yo solo puedo mirar al
frente, como un imbécil, incapaz de volverme.
El tic tac nos reclama, despiadado, y respondemos a la
llamada.
Nos adentramos otra vez en la torre, donde nos recibe
la misma sinfonía de chillidos de metal y madera chocando con madera. Se
cierran las puertas y volvemos a la oscuridad.
El clac que
comenzó nuestro viaje lo detiene ahora, cruel, sin misericordia. Suena como la
tapa de un ataúd al cerrarse de golpe. Después, cuando su eco se apaga, no
queda más sonido que el tic tac.
Mil setecientos treinta tics con sus mil setecientos treinta tacs.
©Gabriel Martín
10-10-2025
Cuento para el Taller de escritura "Tinta y Sal", basado en una canción, Tic Tac, que escribí hace años y que pedía a gritos convertirse en algo más.