He llenado una vez más mi voz de cascabeles. Es la única manera. Da lo mismo decir «qué preciosa que es mi niña» que «no puedo más» o «ya no lo soporto»; lo importante es el tintineo, hacer de cada palabra un repique de campanas. Como hacía ella cuando yo era chica. La llamo por su diminutivo, tarareo las mismas canciones que ella me cantaba y la vuelvo a llamar. Hoy ha funcionado: una pequeña luciérnaga cruza su mirada y un esbozo de sonrisa se adivina en sus labios.
Un instante.
Un segundo.
Luego, se rompen los puentes y me quedo sola, sosteniendo la cuchara frente a su boca, que apenas recuerda cómo abrirse. Limpio con el babero la barbilla —batido de plátano y yogur— y sigo intentándolo. Soy una mancha difusa y chillona frente a sus ojos. Pero no callo, sigo llamándola porque el silencio es peor. El silencio se encalla y hace escaras. Cuando acabo, acaricio su escaso pelo, la beso en la frente y, un día más, rezo para que no sea mañana.
Después, rezo para que sea mañana.
Escrito para Esta noche te cuento
©Gabriel Martín
Mayo, 2026