El olor a melocotón del gel de
baño de Eva no inundó la habitación como todas las noches, ni escuché sus pasos
acercándose a mi cama. No noté el calor del roce de sus labios en la mejilla,
ni su mano acariciando mi cabeza. Las mías —mis manos— no exploraron su rostro,
ni se detuvieron en la comisura de la boca, donde nacía su sonrisa. Tampoco me
arropó, así que no sentí el tacto de las sábanas en mi barbilla, ni susurró en
mi oído «hasta mañana». No pude pedirle
que no se fuera aún, que me contara un cuento. Ella no pudo negarse diciendo
que ya era grande y que mi padre la esperaba en el salón para ver la película.
Sus pasos no se alejaron hacia el
umbral, deteniéndose para recoger la ropa y los juguetes tirados por el cuarto.
El sonido del beso que siempre me lanzaba antes de salir no se impuso sobre el
soniquete confuso de la televisión, y nadie cerró la puerta, porque nadie la
había abierto.
Por eso, el llanto de mi padre
llegó ahogado y débil desde el final del pasillo. Por eso, al empezar a caminar
a tientas para averiguar qué pasaba, tropecé con los juguetes y la ropa que
nadie había recogido. Desde el suelo, lloré y llamé a mi madre, que no me
escuchó. Ni esa noche ni ninguna otra noche.
Cuando años más tarde, días
después de la operación, me retiraron la venda y viajé de la oscuridad hacia la
luz, mis ojos descubrieron, esperándome, la cara ilusionada y nerviosa de mi
padre. Sostenía entre las manos una vieja fotografía. Pude ver a mi madre por
primera vez tal y como mis manos siempre la habían imaginado.
El aire de la habitación de hospital se llenó de un dulce aroma a melocotón.
Qué bonito!! Te llega al alma!!😍
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