sábado, 13 de diciembre de 2025

Plástico y barro

 Los pequeños dedos de Jorge agarraron al niño por la cabeza y lo sacaron de su cuna sin ningún cuidado. Como resultado, el niño acabó en el suelo del salón, con los dos brazos separados del cuerpo y la cabeza, empeñada en huir de la bolsa de basura que se adivinaba en su futuro, escondiéndose asustada debajo del sofá.

Este desafortunado suceso fue el comienzo del desastre.

Todos pudimos oír los gritos de mamá a Jorge, y cómo este aseguraba, enrabietado, que él no había sido. En realidad, eso ya importaba poco: el daño estaba hecho.

Los demás se miraban unos a otros, desconcertados y expectantes. En la cara de Herodes, al que podía ver sin problemas desde mi posición, me pareció advertir una sádica expresión de triunfo; José, María, la mula y el buey aparentaban ser los únicos más apenados que sorprendidos —el roce hace el cariño, ya se sabe—. Yo, por mi parte, no creo que vaya a echar mucho de menos al crío. A fin de cuentas, no aportaba gran cosa en las reuniones nocturnas en la plaza del pueblo a las que me gusta asistir, aun sin ser invitado, como testigo escurridizo y mudo.

Añoraré esas fiestas, bajo la tenaz intermitencia roja, verde y azul como única luz de nuestro mundo, una vez apagados los tres soles del techo.

La discusión entre mamá y Jorge se saldó con este castigado en su cuarto, los tres trozos encontrados del niño Jesús en el cubo de material no reciclable y mamá saliendo a toda prisa a la calle, a la búsqueda desesperada de un repuesto.

Esta noche es la gran noche, y, como es sabido, no puede haber un belén sin niño.

Algunos pastores, acompañados por sus ovejas, se acercaron solidarios a consolar de su pérdida a la Sagrada Familia, que acababa de quedarse sin el porqué mismo de su santidad. En la plaza, un ángel anunciador se dedicaba a soliviantar los ánimos contra mamá, explicando que si ella hubiese querido podría haber usado el superglue, que con él funcionó a la perfección cuando se le partió el ala izquierda y que era mano de santo. Un burro le recordó que mamá no había encontrado la cabeza y que dónde se había visto poner una figura descabezada, pero el ángel no hizo caso y siguió con su discurso incendiario.

En estas estábamos cuando regresó mamá con un nuevo habitante para nuestro poblado: un niño Jesús, rechoncho y precioso, un querubín con dos mofletes redondos y sonrosados como fresones, una figura hermosa, sí. Hermosa, pero de plástico.

Mamá dejó al recién llegado en su cuna y se fue a la cocina a preparar la cena.

Entonces empezaron las discusiones. Los Reyes Magos insistieron en que jamás, por nada del mundo, se rebajarían a adorar a aquel engendro químico derivado del petróleo, que ellos eran de barro, de barro del bueno, como debía de ser, y que bastante tenían ya con tener que aguantar a las ovejas, a Herodes y a otras figuras de segunda como para tener que postrarse ante aquel advenedizo. María y José, afectados aún por el dolor de su tragedia, se mostraron inflexibles: aquella burda y blanda imitación no sería reconocida como su hijo. Las lavanderas, de plástico, no se callaron: que si estaban hartas de ser tratadas como figuras de tercera fila solo por ser de otro material, que si qué se habían creído los de barro, que si ya estaba bien, que por qué el niño no iba a ser como ellas.

Otros se unieron a las lavanderas y algunos más hicieron piña alrededor de los Reyes. Después de los reproches llegaron los insultos y más tarde algunos empujones. Creo recordar que el primer golpe lo dio un legionario. Luego no hubo quien lo parase.

No ha quedado ni una casa en pie, hay arena esparcida por todo el salón, los corchos de las montañas se han derrumbado, la cascada se ha salido de su cauce, las luces se han mojado y ya no funcionan.

Como era de esperar, han ganado los de plástico, aguantan más.

Lo peor es ver, desde mi escondite debajo de un corcho y protegido por una cortina de musgo, los restos mutilados de los que eran como yo. Aunque no pueda decir que lo sienta demasiado, al fin y al cabo, ellos, los perdedores, tampoco me quisieron nunca a su lado. Están revolviéndolo todo, me buscan a mí, sin duda: saben que soy el último.

Solo puedo rezar para que no me encuentren. Hasta ahora he podido evitarlo. Soy bueno en eso, es lo que tiene estar siempre escondido. Con el tiempo uno se acostumbra a vivir así, agachado, oculto, furtivo, y cagando.

©Gabriel Martín

06-01-2009

Escrito originalmente para el foro literario Prosófagos

1 comentario:

  1. Me parto de risa. Creo que te tengo por aquí en alguna caja. Voy a ver ahora mismo y te digo... Sí, ya te tengo. No sé cómo te las arreglaste, pero conseguiste darles esquinazo. Eres un superviviente.

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