Los pequeños dedos de Jorge agarraron al niño por la cabeza y lo sacaron de su cuna sin ningún cuidado. Como resultado, el niño acabó en el suelo del salón, con los dos brazos separados del cuerpo y la cabeza, empeñada en huir de la bolsa de basura que se adivinaba en su futuro, escondiéndose asustada debajo del sofá.
Este
desafortunado suceso fue el comienzo del desastre.
Todos pudimos
oír los gritos de mamá a Jorge, y cómo este aseguraba, enrabietado, que él no
había sido. En realidad, eso ya importaba poco: el daño estaba hecho.
Los demás se
miraban unos a otros, desconcertados y expectantes. En la cara de Herodes, al
que podía ver sin problemas desde mi posición, me pareció advertir una sádica
expresión de triunfo; José, María, la mula y el buey aparentaban ser los únicos
más apenados que sorprendidos —el roce hace el cariño, ya se sabe—. Yo, por mi
parte, no creo que vaya a echar mucho de menos al crío. A fin de cuentas, no
aportaba gran cosa en las reuniones nocturnas en la plaza del pueblo a las que
me gusta asistir, aun sin ser invitado, como testigo escurridizo y mudo.
Añoraré esas
fiestas, bajo la tenaz intermitencia roja, verde y azul como única luz de
nuestro mundo, una vez apagados los tres soles del techo.
La discusión
entre mamá y Jorge se saldó con este castigado en su cuarto, los tres trozos
encontrados del niño Jesús en el cubo de material no reciclable y mamá saliendo
a toda prisa a la calle, a la búsqueda desesperada de un repuesto.
Esta noche es la
gran noche, y, como es sabido, no puede haber un belén sin niño.
Algunos
pastores, acompañados por sus ovejas, se acercaron solidarios a consolar de su
pérdida a la Sagrada Familia, que acababa de quedarse sin el porqué mismo de su
santidad. En la plaza, un ángel anunciador se dedicaba a soliviantar los ánimos
contra mamá, explicando que si ella hubiese querido podría haber usado el superglue, que con él funcionó a la
perfección cuando se le partió el ala izquierda y que era mano de santo. Un
burro le recordó que mamá no había encontrado la cabeza y que dónde se había visto
poner una figura descabezada, pero el ángel no hizo caso y siguió con su
discurso incendiario.
En estas
estábamos cuando regresó mamá con un nuevo habitante para nuestro poblado: un
niño Jesús, rechoncho y precioso, un querubín con dos mofletes redondos y
sonrosados como fresones, una figura hermosa, sí. Hermosa, pero de plástico.
Mamá dejó al
recién llegado en su cuna y se fue a la cocina a preparar la cena.
Entonces
empezaron las discusiones. Los Reyes Magos insistieron en que jamás, por nada
del mundo, se rebajarían a adorar a aquel engendro químico derivado del
petróleo, que ellos eran de barro, de barro del bueno, como debía de ser, y que
bastante tenían ya con tener que aguantar a las ovejas, a Herodes y a otras
figuras de segunda como para tener que postrarse ante aquel advenedizo. María y
José, afectados aún por el dolor de su tragedia, se mostraron inflexibles:
aquella burda y blanda imitación no sería reconocida como su hijo. Las
lavanderas, de plástico, no se callaron: que si estaban hartas de ser tratadas
como figuras de tercera fila solo por ser de otro material, que si qué se
habían creído los de barro, que si ya estaba bien, que por qué el niño no iba a
ser como ellas.
Otros se unieron
a las lavanderas y algunos más hicieron piña alrededor de los Reyes. Después de
los reproches llegaron los insultos y más tarde algunos empujones. Creo
recordar que el primer golpe lo dio un legionario. Luego no hubo quien lo
parase.
No ha quedado ni
una casa en pie, hay arena esparcida por todo el salón, los corchos de las
montañas se han derrumbado, la cascada se ha salido de su cauce, las luces se
han mojado y ya no funcionan.
Como era de
esperar, han ganado los de plástico, aguantan más.
Lo peor es ver,
desde mi escondite debajo de un corcho y protegido por una cortina de musgo,
los restos mutilados de los que eran como yo. Aunque no pueda decir que lo
sienta demasiado, al fin y al cabo, ellos, los perdedores, tampoco me quisieron
nunca a su lado. Están revolviéndolo todo, me buscan a mí, sin duda: saben que
soy el último.
©Gabriel Martín
06-01-2009
Escrito originalmente para el foro literario Prosófagos
Me parto de risa. Creo que te tengo por aquí en alguna caja. Voy a ver ahora mismo y te digo... Sí, ya te tengo. No sé cómo te las arreglaste, pero conseguiste darles esquinazo. Eres un superviviente.
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