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domingo, 22 de marzo de 2026

Mutis

 —Viajarás esta noche y no habrá luna —dirá el anciano del espejo—. Viajarás esta noche, te digo: la oscuridad será tu compañera.

Aguardaré a que continúe, pero no lo hará. El vaho del agua caliente en el lavabo empañará el cristal y convertirá mi reflejo en un fantasma informe. A él le hablaré:

—Vagarás como espectro desvaído, atravesando nieblas fronterizas. Tu cuerpo, que ya no será tu cuerpo, buscará el inevitable camino hacia el embarcadero de Caronte. 

Nuevo silencio. Mi imagen será ya solo una mancha. Frotaré con la palma de mi mano y abriré un círculo por el que se asomará mi propio rostro, que me interrogará:

—¿Correrás, tal vez? ¿Volarás, quizás? ¡Quién sabe de qué serás capaz, libre ya de tus músculos y huesos! Fugitivo de esta prisión de carne inútil.

En esta última frase me alejaré del lavabo y el espejo —como marca el guion—. Impostaré la voz como antaño, como cuando era la mayor promesa de la escena nacional y no el actor viejo y olvidado que ahora soy, malviviendo del horrible teatro de vanguardia. Avanzaré hacia el proscenio a duras penas, sosteniendo en mi mano derecha la navaja de afeitar. Se oirán toses nerviosas desde el fondo de la sala.

—Viajarás esta noche, insisto, y este será el afilado billete de tu viaje de ida sin retorno —declamaré, y alzaré la hoja, que refulgirá bajo la luz de los focos.

Alguien se sonará los mocos: aún será diciembre. Al fondo, en las últimas filas, sonará un móvil —siempre suena— y habrá carraspeos inquietos —los hay en cada función—. Se oirán también algunas risas mal disimuladas. Ocuparé el centro del escenario. Hasta ahí seguiré el libreto.

—¡Viajarás esta noche, sí! (susurrando) Huirás así de la soledad, de tanto fracaso y tanta vergüenza. Volverás a la gloria que una vez te inundó.

Más risas. Más carraspeos. Un estornudo, quizás. Volverá a sonar el móvil. Pausa dramática. Miraré desolado a izquierda y derecha recorriendo el auditorio semivacío. 

—¡Viajarás esta noche! (crescendo) Te elevarás por encima de esta porquería de obra, quedarán atrás estos paletos ignorantes. Dirás adiós al fatuo director, al pretencioso guionista, (fuerte) a los estúpidos críticos.  

Entre bambalinas, el apuntador se dirigirá alucinado al encargado de atrezo, que a su vez le mirará asustado. «No está en el guion, las últimas frases no vienen…», dirá el uno, «¿qué lleva en la mano, joder? Se ha dejado esto aquí», contestará el otro mientras le enseña una navaja de plástico.

—¡Viajarás esta noche! (gritando, con rabia) ¡Subirás tan alto como nunca estuviste! Llegarás por fin donde siempre has merecido… (fortísimo, hasta el climax) ¡y vosotros os quedaréis aquí, incultos sacos de mierda zafios y desagradecidos!

Mi voz llenará todo el teatro. Levantaré la barbilla, ofreciendo mi cuello a la navaja, y apoyaré el filo en la carótida. Apretaré despacio. La hoja probará una primera gota de sangre. 

Y entonces tal vez, solo tal vez, un tímido aplauso romperá el denso silencio del patio de butacas. Lo seguirán otros, luego otros, y después muchos más. Todo el público se pondrá en pie y me dedicará la ovación más atronadora de mis cincuenta años de profesión. La navaja caerá sobre las tablas del escenario cuando me incline para agradecer los aplausos. 

Solo tal vez.

©Gabriel Martín

Para el taller "Tinta y Sal"

Diciembre 2025


domingo, 15 de febrero de 2026

En barrena

Las tardes en que, agotado tras ocho horas en la línea de envasado, notaba en la espalda el cosquilleo al salir de la fábrica, siempre dejaba el coche aparcado allí. Suponía madrugar todavía más y dos transbordos de atestados autobuses al día siguiente, pero no podía resistirse: el impulso era incontenible. 

Como en otras, aquella tarde se quitó la camisa y la cazadora, los metió en el coche y esperó fumando un cigarro, charlando de fútbol con un compañero que, como él, mataba el tiempo hasta completar el cambio. A los diez minutos, cuando ya habían alcanzado el tamaño necesario, batió sus alas, se despidió entre bromas —«hasta mañana, buitre», «adiós, sardinuca»— y se elevó en el aire. Desde allí pudo ver a su amigo zambullirse en la ría que discurría junto al polígono. «Tener que meterse ahí con toda la mierda que tiene que haber», pensó. Se puso en camino hacia el barrio luchando contra el viento Sur, que se divertía lanzando en su contra el humo negro de las factorías.

Faltaba media hora para que saliera Carla. Sonrió imaginándose una vez más junto a ella en el cielo, esta vez domando la ventosa tarde de diciembre. Se preguntó si estaría sintiendo ya el cosquilleo, aunque a ella cada vez le pasaba menos: llevaba tiempo distinta.

Se posó en la farola frente al escaparate de la tienda justo cuando la encargada daba la vuelta al cartel de «abierto». La saludó con la mano y ella lo miró con aburrimiento. Veinte minutos después salió Carla. Él saltó al suelo, se irguió orgulloso y contento delante de ella y abrió los brazos y las alas en toda su longitud. 

—¡Tachán! —exclamó—. ¿Y tú? ¿Te pican ya? ¿Vamos? Te llevo hasta que te salgan.

Ella le dirigió una mirada apagada que él no esperaba y bajó la cabeza. Apartó el cuello del jersey con su mano izquierda, dejando ver las incipientes hendiduras en su piel, y extendió la derecha con los dedos tan abiertos como le permitía la naciente membrana. Él intentó esconder la tristeza y la decepción que asaltaron su rostro. Lo consiguió enseguida, pero no fue suficiente: ella ya lo había visto. 

—No pasa nada, Carla —balbuceó—. De verdad. Tendrá solución.

—No; lo sabes. Cuando cambia, nunca vuelve atrás. Lo siento; tengo que irme. No queda tiempo.

—Pero podemos…

Ella corrió. Corrió como nunca la había visto correr. Él la siguió desde el aire. La llamó. La llamó todo el rato, pero ella no quiso escucharle. Ella esquivaba peatones, coches, bancos, papeleras… Él, cables, semáforos suspendidos, luces navideñas y otros voladores. 

Cuando llegaron a la playa, hizo un último intento: «¡Espera!», gritó, pero ella no podía. La adelantó a tiempo de ver mudar su agónico y congestionado rostro desde la angustia al alivio; luego, ya en el agua, a la más absoluta felicidad. Después, se sumergió. Él esperó, pero ella ya no volvió a salir.

Ascendió más alto de lo que nunca lo había hecho. Cuando llegó tan arriba que le faltaba el aire, recogió las alas y se dejó caer en picado con un grito rabioso y salvaje. Segundos antes del impacto remontó el vuelo.

Carla regresó a casa a las cinco de la madrugada. Para entonces, él ya se había marchado a coger el autobús. Ella empezó a hacer las maletas.

©Gabriel Martín

Escrito para "Tinta y Sal"

Noviembre 2025

sábado, 24 de enero de 2026

Grises

 «Tenías que estar agradecido. Sobrevivir a eso es como un milagro». Eso me decían todos. También hace tres meses, en el XXXVIII Congreso Internacional de Neurología, en Ibiza. No saben nada de dónde montar congresos los neurólogos: unas horitas de charla para justificar toda la movida y luego playita, disco y lo que surja. 

Te cuento: tremendo hotel, tremendo salón de congresos. Todo abarrotado. El doctor Méndez, en el escenario, se atusa su estupenda melena antes de empezar a hablar.

«El sujeto objeto del presente estudio…» Te traduzco: yo, el “sujeto”. 

«… sufrió un episodio de encefalitis viral…» Se me puso el cerebro como un melón. 

«… limitada principalmente al lóbulo occipital y, más en concreto, al área V4, en la región occipitotemporal ventral bilateral…» Que no fue todo, que solo un trozo. Y sí, es en serio, la región esa se llama así. 

«… provocada por el virus HSV-1…» Sigo traduciendo: me la preparó un bicho muy jodido; el mismo que te pone los labios hechos una mierda. El herpes de toda la vida, vamos, pero que cuando va para arriba la lía buena. 

«… La acromatopsia cerebral es la única secuela que le quedó al paciente, una vez recuperado, gracias a nuestra rápida intervención. Hoy le tenemos entre nosotros para contarnos su experiencia.» Lo dice como contento, el tío —Méndez, mi médico—, echándose para atrás el pelo. Una vez más, no ha dicho mi nombre. 

Hay murmullos de asombro entre el público. Se admiran porque saben que es raro, que lo normal es que estuviera frito, y de salir para adelante lo lógico es que me hubiera quedado tonto. Pero no: solo me ha dejado la acromatopsia, tan rara, tan especial, tan caso uno entre un millón, como para que me traigan aquí, de gratis, a contar mis mierdas a todos estos cerebritos. A explicar, de nuevo, lo que me pasa.

Me aplauden. Me aplauden sin que haga nada; solo por levantarme. O igual es por soportar todas las pruebas que me han hecho desde entonces. O por aguantar estar ahí, una porquería más, por mucho que sea Ibiza.

Me dirijo al estrado con la cabeza gacha. Veo mis zapatos grises avanzar sobre la alfombra gris. Me llevan a unas horas antes, a la playa: a la imagen de mis pies caminando hacia la orilla sobre el gris de la arena, hasta entrar en el gris del agua, y contemplar el gris del horizonte bajo el cielo gris. Veo también el regreso al hotel, atravesando un mar de toallas grises, sombrillas grises y gestos grises. 

Tan grises como los rostros de los asistentes. Los veo desde el atril. Me miran como se mira a un bicho raro, a una cobaya. No logro empezar a hablar. Hay carraspeos incómodos, algunos se revuelven en los asientos. Pienso en el martes que viene, en la próxima sesión de escáner, en las siguientes pruebas, programadas para el jueves. Solo me decido cuando Méndez me palmea impaciente en la espalda. 

—Se acabó —digo, y espero a que muera el pitido del micrófono—. Lo siento: esta mañana han vuelto los colores.

Por un instante creo que ha funcionado, cuando la sala se llena de voces que mezclan sorpresa y decepción.

Luego, veo el rostro crispado, escéptico y ceniciento de Méndez y sé que no va a dejar escapar la presa. Aprieta firme su mano en mi hombro. Desde fuera, puede parecer que me felicita.

Solo yo le escucho: «Maldito cabrón. Tenías que estar agradecido.»

©Gabriel Martín

(24/10/25)

domingo, 21 de diciembre de 2025

A tientas


El olor a melocotón del gel de baño de Eva no inundó la habitación como todas las noches, ni escuché sus pasos acercándose a mi cama. No noté el calor del roce de sus labios en la mejilla, ni su mano acariciando mi cabeza. Las mías —mis manos— no exploraron su rostro, ni se detuvieron en la comisura de la boca, donde nacía su sonrisa. Tampoco me arropó, así que no sentí el tacto de las sábanas en mi barbilla, ni susurró en mi oído «hasta mañana».  No pude pedirle que no se fuera aún, que me contara un cuento. Ella no pudo negarse diciendo que ya era grande y que mi padre la esperaba en el salón para ver la película.

Sus pasos no se alejaron hacia el umbral, deteniéndose para recoger la ropa y los juguetes tirados por el cuarto. El sonido del beso que siempre me lanzaba antes de salir no se impuso sobre el soniquete confuso de la televisión, y nadie cerró la puerta, porque nadie la había abierto.

Por eso, el llanto de mi padre llegó ahogado y débil desde el final del pasillo. Por eso, al empezar a caminar a tientas para averiguar qué pasaba, tropecé con los juguetes y la ropa que nadie había recogido. Desde el suelo, lloré y llamé a mi madre, que no me escuchó. Ni esa noche ni ninguna otra noche.

Cuando años más tarde, días después de la operación, me retiraron la venda y viajé de la oscuridad hacia la luz, mis ojos descubrieron, esperándome, la cara ilusionada y nerviosa de mi padre. Sostenía entre las manos una vieja fotografía. Pude ver a mi madre por primera vez tal y como mis manos siempre la habían imaginado.

El aire de la habitación de hospital se llenó de un dulce aroma a melocotón.


©Gabriel Martín
(5/11/2025)

Escrito para "Tinta y Sal"