domingo, 4 de enero de 2026

Un último poema

 —Es tarde —dice el poeta—. Tal vez sea hora de que enciendas las luces.

—Llevan una hora encendidas, señor —contesta la sirvienta.

La muchacha sigue con sus quehaceres sin prestarle demasiada atención. Él mueve la cabeza persiguiendo los movimientos de ella por el salón, intuyendo su localización por los inevitables ruidos del continuo trajín. 

Mientras, más allá del territorio fronterizo formado por los ojos muertos del poeta, brotan de la tierra aún fértil de su imaginación siembras de versos que esperan la vendimia de una voz que los lance al aire. La vendimia no llega. Los versos pues, en escasos segundos, se marchitan y mueren.

La muchacha termina de ahuecar los cojines del sofá.

—¿Hoy no me dice versos el señor?

—No. Hoy no —contesta despacio, con un cansancio oscuro e impenetrable—. Hoy son solo para mí.

—Se me está volviendo un triste, señor —reprocha ella llenando su voz de cascabeles—. Anímese, que está llegando la primavera.

—No. La primavera se me va. Como tú. 

Es difícil saber la profundidad de la tristeza que arrastran esas últimas palabras. Un agujero, una grieta, una sima, un abismo. Demasiada tristeza para que la soporten solo dos pequeñas palabras de tan escasas sílabas «como tú». Por eso, a la altura de la eme, la voz se le quiebra en un pequeño sollozo que intenta ocultar. Ella finge no darse cuenta de nada.

—Ya estamos otra vez —dice ella, simulando un enfado que no siente—. Otra vendrá y no se acordará de mí. Ya lo verá.

—Sí, es posible —dice él, aparentando una entereza que no tiene—. Vete ahora. Si debes irte es mejor que sea cuanto antes.

A ella le duele cada sílaba de aquellas palabras, y piensa en renunciar a todo y quedarse con él, tal vez un día más, una semana, un mes, un año… Piensa en seguir siendo la luz delante de sus ojos clausurados y la espita que abre sus versos más allá de aquellos velos, pero ya se ha entretenido demasiado. Las reglas que la guían son tan viejas como el mismo mundo.

—Podría quedarme un rato más, señor, tal vez un último soneto.

Y se acerca a él, y, apoyada en su hombro, roza con sus ancianos labios el oído inquieto del poeta. Y susurra. Y sus susurros llevan el viento y el mar hasta la triste habitación, y son el aire frío que corona las montañas, y son el cielo y el infierno ardiendo al mismo tiempo. Y son el sol y son la lluvia. Y él se estremece y, una vez más —quizá la última—, abre los labios y comienza a recitar. Sus palabras llenan el aire del sabor salado de la espuma engarzada en las olas que se enfrentan al viento, cabalgando en el lomo de sus versos.

 Cuando todo termina, él, agotado y satisfecho, vuelve su mirada inútil al rincón de la habitación.

—¿Lo has anotado todo? —pregunta, ansioso.

—Como siempre, señor —responde el joven—. Es maravilloso. Desde el primero hasta el último verso.

—Sí, lo es —afirma el poeta—. Pásalo a limpio, por favor. Y mañana llamas a mi editor, le mandas todo el material y le dices que hemos terminado. Este ha sido el último poema.

—¿El último, señor?

—Sí. Ella se ha ido ya.

—¿Ella? ¿Quién, señor?

—No importa. Vete ahora.

Mientras el joven recoge sus cosas y apaga las luces, ve cómo en los límites de los lagos de agua estancada que son los ojos del poeta brotan, apenas perceptibles, dos pequeños ríos de tristeza.

©Gabriel Martín

Marzo 2007

domingo, 28 de diciembre de 2025

Animalía


Ocultaba un sombrío secreto desde sus primeros meses de vidad: una terrible maldición que lo atrapaba y de la que era incapaz de liberarse. 

Solo su madre conocía y aceptaba su verdadera naturaleza. De no haber sido así, habría sido imposible que saliera adelante en aquellos primeros días —lejanos ya— en que todavía no podía valerse por sí mismo. Ella fue la primera en notar el problema, pero decidió ocultarlo de todos mientras duraran los cambios. No era tan difícil. Así, tal vez, su pequeño pudiera llevar una vida normal.

Creció como uno más e incluso se acostumbró a convivir con aquella extraña condición.

Invariablemente, todas las noches de luna llena, cuando el primer rayo del indiferente satélite rozaba una mínima parte de su cuerpo, comenzaba la transformación.

Cada vez que esto ocurría, debía correr para ocultarse de los ojos de los otros, para que ninguno lo viera. No podía permitir que lo supieran. No debían imaginar nunca que él era distinto.

Sin embargo, aquella noche no tuvo tiempo de esconderse. Cuando comenzó la transfiguración, la dolorosa punzada en el estómago —esta vez incluso más fuerte que otras— lo dejó paralizado y lo derribó.

Los demás se acercaron despacio —curiosos y precavidos— y formaron un círculo a su alrededor. Todos y cada uno de ellos estaban allí: sus más viejos amigos, su familia, sus compañeros de juegos. Ante la vista de todos, completó su horrible metamorfosis.

El temor se adueñó de todos los que lo observaban. Convencidos ya de que aquel extraño ser —tan diferente— que yacía desnudo en medio de ellos, no podía ser sino una amenaza, reaccionaron por instinto.

La primera dentellada le produjo un dolor desgarrador en el brazo. Luego el líder saltó sobre su espalda, cerrando con fuerza las mandíbulas sobre el hombro. Esa fue la señal: el resto de la manada se abalanzó contra él, arañando, mordiendo, rasgando, hasta que su cuerpo fue un triste guiñapo.

Todos colaboraron. Todos, excepto una triste loba gris, que, apartada del grupo, se preguntaba por qué aquel precioso cachorro que fue la alegría de sus días tuvo que nacer con la penosa maldición de convertirse en hombre al aparecer en el cielo la luna llena.

Cuando la manada se cansó de ensañarse con el cadaver del cachorro, ella, tiernamente, lo olisqueó y lamió sus multiples heridas. Luego, durante toda la noche, aulló a la impasible y redonda luna toda su pena y toda su rabia.

Publicado por primera vez en ocurre-bitacora.com, 
en agosto del 2006

domingo, 21 de diciembre de 2025

A tientas


El olor a melocotón del gel de baño de Eva no inundó la habitación como todas las noches, ni escuché sus pasos acercándose a mi cama. No noté el calor del roce de sus labios en la mejilla, ni su mano acariciando mi cabeza. Las mías —mis manos— no exploraron su rostro, ni se detuvieron en la comisura de la boca, donde nacía su sonrisa. Tampoco me arropó, así que no sentí el tacto de las sábanas en mi barbilla, ni susurró en mi oído «hasta mañana».  No pude pedirle que no se fuera aún, que me contara un cuento. Ella no pudo negarse diciendo que ya era grande y que mi padre la esperaba en el salón para ver la película.

Sus pasos no se alejaron hacia el umbral, deteniéndose para recoger la ropa y los juguetes tirados por el cuarto. El sonido del beso que siempre me lanzaba antes de salir no se impuso sobre el soniquete confuso de la televisión, y nadie cerró la puerta, porque nadie la había abierto.

Por eso, el llanto de mi padre llegó ahogado y débil desde el final del pasillo. Por eso, al empezar a caminar a tientas para averiguar qué pasaba, tropecé con los juguetes y la ropa que nadie había recogido. Desde el suelo, lloré y llamé a mi madre, que no me escuchó. Ni esa noche ni ninguna otra noche.

Cuando años más tarde, días después de la operación, me retiraron la venda y viajé de la oscuridad hacia la luz, mis ojos descubrieron, esperándome, la cara ilusionada y nerviosa de mi padre. Sostenía entre las manos una vieja fotografía. Pude ver a mi madre por primera vez tal y como mis manos siempre la habían imaginado.

El aire de la habitación de hospital se llenó de un dulce aroma a melocotón.


©Gabriel Martín
(5/11/2025)

Escrito para "Tinta y Sal"

sábado, 13 de diciembre de 2025

Plástico y barro

 Los pequeños dedos de Jorge agarraron al niño por la cabeza y lo sacaron de su cuna sin ningún cuidado. Como resultado, el niño acabó en el suelo del salón, con los dos brazos separados del cuerpo y la cabeza, empeñada en huir de la bolsa de basura que se adivinaba en su futuro, escondiéndose asustada debajo del sofá.

Este desafortunado suceso fue el comienzo del desastre.

Todos pudimos oír los gritos de mamá a Jorge, y cómo este aseguraba, enrabietado, que él no había sido. En realidad, eso ya importaba poco: el daño estaba hecho.

Los demás se miraban unos a otros, desconcertados y expectantes. En la cara de Herodes, al que podía ver sin problemas desde mi posición, me pareció advertir una sádica expresión de triunfo; José, María, la mula y el buey aparentaban ser los únicos más apenados que sorprendidos —el roce hace el cariño, ya se sabe—. Yo, por mi parte, no creo que vaya a echar mucho de menos al crío. A fin de cuentas, no aportaba gran cosa en las reuniones nocturnas en la plaza del pueblo a las que me gusta asistir, aun sin ser invitado, como testigo escurridizo y mudo.

Añoraré esas fiestas, bajo la tenaz intermitencia roja, verde y azul como única luz de nuestro mundo, una vez apagados los tres soles del techo.

La discusión entre mamá y Jorge se saldó con este castigado en su cuarto, los tres trozos encontrados del niño Jesús en el cubo de material no reciclable y mamá saliendo a toda prisa a la calle, a la búsqueda desesperada de un repuesto.

Esta noche es la gran noche, y, como es sabido, no puede haber un belén sin niño.

Algunos pastores, acompañados por sus ovejas, se acercaron solidarios a consolar de su pérdida a la Sagrada Familia, que acababa de quedarse sin el porqué mismo de su santidad. En la plaza, un ángel anunciador se dedicaba a soliviantar los ánimos contra mamá, explicando que si ella hubiese querido podría haber usado el superglue, que con él funcionó a la perfección cuando se le partió el ala izquierda y que era mano de santo. Un burro le recordó que mamá no había encontrado la cabeza y que dónde se había visto poner una figura descabezada, pero el ángel no hizo caso y siguió con su discurso incendiario.

En estas estábamos cuando regresó mamá con un nuevo habitante para nuestro poblado: un niño Jesús, rechoncho y precioso, un querubín con dos mofletes redondos y sonrosados como fresones, una figura hermosa, sí. Hermosa, pero de plástico.

Mamá dejó al recién llegado en su cuna y se fue a la cocina a preparar la cena.

Entonces empezaron las discusiones. Los Reyes Magos insistieron en que jamás, por nada del mundo, se rebajarían a adorar a aquel engendro químico derivado del petróleo, que ellos eran de barro, de barro del bueno, como debía de ser, y que bastante tenían ya con tener que aguantar a las ovejas, a Herodes y a otras figuras de segunda como para tener que postrarse ante aquel advenedizo. María y José, afectados aún por el dolor de su tragedia, se mostraron inflexibles: aquella burda y blanda imitación no sería reconocida como su hijo. Las lavanderas, de plástico, no se callaron: que si estaban hartas de ser tratadas como figuras de tercera fila solo por ser de otro material, que si qué se habían creído los de barro, que si ya estaba bien, que por qué el niño no iba a ser como ellas.

Otros se unieron a las lavanderas y algunos más hicieron piña alrededor de los Reyes. Después de los reproches llegaron los insultos y más tarde algunos empujones. Creo recordar que el primer golpe lo dio un legionario. Luego no hubo quien lo parase.

No ha quedado ni una casa en pie, hay arena esparcida por todo el salón, los corchos de las montañas se han derrumbado, la cascada se ha salido de su cauce, las luces se han mojado y ya no funcionan.

Como era de esperar, han ganado los de plástico, aguantan más.

Lo peor es ver, desde mi escondite debajo de un corcho y protegido por una cortina de musgo, los restos mutilados de los que eran como yo. Aunque no pueda decir que lo sienta demasiado, al fin y al cabo, ellos, los perdedores, tampoco me quisieron nunca a su lado. Están revolviéndolo todo, me buscan a mí, sin duda: saben que soy el último.

Solo puedo rezar para que no me encuentren. Hasta ahora he podido evitarlo. Soy bueno en eso, es lo que tiene estar siempre escondido. Con el tiempo uno se acostumbra a vivir así, agachado, oculto, furtivo, y cagando.

©Gabriel Martín

06-01-2009

Escrito originalmente para el foro literario Prosófagos

sábado, 6 de diciembre de 2025

Cambio de planes

Hace unas semanas me llevé la alegría de ser finalista en la convocatoria anual de "Esta noche te cuento", con un microrelato titulado Cambio de planes, lo que implica ya la publicación en la recopilación final.

Cambio de planes

Espero que os guste.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Ciento cuarenta segundos


Son mil setecientos treinta tics con sus mil setecientos treinta tacs. Lo sé del principio, de cuando éramos nuevos. Ahora ya no los cuento casi nunca, aunque hay veces —es cierto— en que no puedo hacer otra cosa. ¿Qué harías tú si vivieras en la oscuridad más absoluta? ¿Si nada te acompañara salvo ese sonido hipnótico y omnipresente? ¿Si nada más te anclase a la cordura?

No lo dudes: contarías tics y contarías tacs. Como yo.

Porque sí, porque ese absurdo conteo es la única manera de saber cuándo se acerca el otro ruido, el que de verdad espero: el primer chasquido, el clac inicial que lo empieza todo.

Es breve y seco. Un disparo que despierta a los engranajes y contrapesos, que se activan perezosos, como si, en lugar de poco menos de una hora, llevaran siglos en su forzado sueño. Los chirridos de las ruedas dentadas y las poleas mal engrasadas se adueñan de todo, opacando incluso al perenne tic tac.

Entonces comienzo mi recorrido y el traqueteo de mi marcha por el carril se une a los rechinidos de los engranajes. Nada de ello logra ocultar la belleza de la melodía que empiezan a tocar las campanas.

«Ella también se está moviendo ya», pienso, y me concentro hasta estar seguro de escuchar el batir del mecanismo que la hace girar. No puedo evitar hacerlo, aunque sé que es ridícula mi incertidumbre: ella nunca ha faltado a nuestra cita. Aun así, no soporto imaginar que no apareciera.

No tardo en estar seguro de su presencia. El quejido de las puertas al abrirse pregona la llegada de la luz. Esta inunda el interior de la torre. La veo incluso antes de que salgamos, antes de traspasar el umbral de nuestro nicho y enfrentarnos al mundo.

La veo, sí: los brazos estirados por encima de su cabeza, las manos unidas con gracia por las puntas de sus dedos de madera, levemente flexionada la pierna izquierda. Girando y girando sin parar. En ese instante, en ese breve momento en la penumbra, antes de cruzar el muro, nuestros ojos se encuentran y nos lo decimos todo. Yo sé que ella baila solo para mí. Ella sabe que las inaudibles notas que intento arrancar de mi violín son solo para ella.

No dura mucho. Las mismas manecillas que nos han liberado nos esclavizan: debemos seguir nuestro camino al exterior y completar nuestra eterna coreografía.

El tic tac que nos gobierna nunca se detiene.

Luego, el bullicio, los aplausos y las voces de asombro y admiración. A veces, en verano, la plaza se abarrota de ridículos turistas, y el ruido que generan tapa incluso la música de las campanas. Prefiero los días de lluvia; hay menos curiosos contemplándonos embobados.

Nos cruzamos. Ella traza un último giro melancólico delante de mí, más lento que los anteriores, como si luchara por verme más tiempo y lograra retrasar lo inevitable. En ese momento siempre intento tocarla, liberar mi brazo de su condena, extenderlo y rozarla, pero es imposible. Sigo adelante. Ella queda a mi espalda, y yo solo puedo mirar al frente, como un imbécil, incapaz de volverme.

El tic tac nos reclama, despiadado, y respondemos a la llamada.

Nos adentramos otra vez en la torre, donde nos recibe la misma sinfonía de chillidos de metal y madera chocando con madera. Se cierran las puertas y volvemos a la oscuridad.

El clac que comenzó nuestro viaje lo detiene ahora, cruel, sin misericordia. Suena como la tapa de un ataúd al cerrarse de golpe. Después, cuando su eco se apaga, no queda más sonido que el tic tac.

Mil setecientos treinta tics con sus mil setecientos treinta tacs.

©Gabriel Martín

10-10-2025

Cuento para el Taller de escritura "Tinta y Sal", basado en una canción, Tic Tac, que escribí hace años y que pedía a gritos convertirse en algo más.