domingo, 5 de abril de 2026

Carta de Alicia

 Querido Pablo:

Sé, sin ninguna duda, que no te llegarán estas letras. Esta cruel certeza no me resta un ápice de entusiasmo en mi intención de intentarlo.  

Mañana echaré esta carta, como tantas otras, al atestado buzón de correos, con la vana esperanza de que algún día las autoridades decidan abrir la mano en lo respectivo a las comunicaciones con nuestra amada tierra. Este aislamiento absurdo se mantiene ya por demasiado tiempo. Yo, por mi parte, no desisto porque, como supondrás, sigo siendo la misma cabezota de siempre. Es demasiado tarde para cambiar.

Sin embargo, el ostracismo al que os veis sometidos no es efectivo en ambos sentidos. El éxodo de nuestra gente se sigue produciendo como un goteo lento e interminable. Algunos llegan en un estado realmente deplorable que hace que se me encoja el corazón. Llegan desde todos los rincones de nuestra patria, desconcertados y exhaustos, pero con un inconfundible brillo de esperanza en los ojos. Cada vez que advierto ese fulgor en sus miradas, no puedo evitar sentir una terrible congoja al recordar esa misma luz en mis pupilas, cuando me vi obligada a emprender, hace ya tantos años, su mismo viaje. 

El anhelo de libertad es un poderoso combustible, Pablo; tú lo sabes. Con todo, administrar sin ti esta libertad de la que ahora dispongo se me está haciendo largo y terrible. No quiero con esto criticar la vida acá fuera. Sería injusto y desagradecido con esta nueva tierra acogedora y cálida. Solo es que, invariablemente, cada mañana, sin poder evitarlo, se me instala en el pecho una nostalgia insoportable.

Con cada nuevo desembarco de recién llegados, suelo acercarme al muelle para buscar entre sus rostros rasgos conocidos, por si alguno pudiera darme nuevas de ti. Ayer, al fin, tras fijarme con detenimiento, reconocí en un hombre alto y delgado a Simón, nuestro antiguo y querido vecino. ¡Dios mío! Observar sus arrugas y la multitud de canas que ahora pueblan su cabeza me hizo ser consciente de todo el tiempo transcurrido. Él, en cambio, me reconoció de inmediato. Se le llenaron los ojos de lágrimas y nos fundimos en un interminable abrazo. 

—No has cambiado nada —me dijo, emocionado. 

Por supuesto, es cierto: no he cambiado nada. Simón estaba enormemente aliviado y agradecido por encontrar una cara amiga. El instante del desembarco puede llegar a ser un momento de soledad terrible, Pablo; mi presencia lo tranquilizó y lo animó. Ahora le estoy ayudando a instalarse y espero que, con mi apoyo, su adaptación sea más fácil de lo que fue la mía. Le irá bien aquí.

Sé por él de tu absoluta soledad desde mi marcha y del abatimiento crónico en que te has sumido en los últimos tiempos. Creo que habría preferido no saberlo. Me duele imaginarte aún más solo desde la partida de Simón. 

Me ha contado que cada vez hablas con mayor frecuencia de salir de allí, de reunirte conmigo. Me ha dicho que estás casi decidido, y me cuesta creerlo, Pablo: a ti siempre te dio terror el viaje. No quiero que lo hagas. Aún no. No soportaría que pudiera perderte para siempre en la travesía. He visto los rostros desencajados y pálidos de los que esperaban impacientes al recibir la noticia de que aquellos a quienes aguardaban no lo habían conseguido. No quiero pasar por eso.

Deja actuar al tiempo, Pablo; solo te pido eso: un poco más de paciencia. Yo la tendré también. Existo solo para el día en que el rostro que vea descender al muelle sea tu rostro, los brazos que me abracen sean tus brazos y estemos, al fin, juntos de nuevo. Rezo hasta la extenuación por ello. 

Así, tal vez, juntos como siempre quisimos, el tiempo no parezca estirarse hasta el infinito para hacer de los días una espera interminable, y esta eternidad en que te espero sea, al fin, algo más corta.

Tuya siempre,

Alicia.

©Gabriel Martín

Noviembre 2008


domingo, 22 de marzo de 2026

Mutis

 —Viajarás esta noche y no habrá luna —dirá el anciano del espejo—. Viajarás esta noche, te digo: la oscuridad será tu compañera.

Aguardaré a que continúe, pero no lo hará. El vaho del agua caliente en el lavabo empañará el cristal y convertirá mi reflejo en un fantasma informe. A él le hablaré:

—Vagarás como espectro desvaído, atravesando nieblas fronterizas. Tu cuerpo, que ya no será tu cuerpo, buscará el inevitable camino hacia el embarcadero de Caronte. 

Nuevo silencio. Mi imagen será ya solo una mancha. Frotaré con la palma de mi mano y abriré un círculo por el que se asomará mi propio rostro, que me interrogará:

—¿Correrás, tal vez? ¿Volarás, quizás? ¡Quién sabe de qué serás capaz, libre ya de tus músculos y huesos! Fugitivo de esta prisión de carne inútil.

En esta última frase me alejaré del lavabo y el espejo —como marca el guion—. Impostaré la voz como antaño, como cuando era la mayor promesa de la escena nacional y no el actor viejo y olvidado que ahora soy, malviviendo del horrible teatro de vanguardia. Avanzaré hacia el proscenio a duras penas, sosteniendo en mi mano derecha la navaja de afeitar. Se oirán toses nerviosas desde el fondo de la sala.

—Viajarás esta noche, insisto, y este será el afilado billete de tu viaje de ida sin retorno —declamaré, y alzaré la hoja, que refulgirá bajo la luz de los focos.

Alguien se sonará los mocos: aún será diciembre. Al fondo, en las últimas filas, sonará un móvil —siempre suena— y habrá carraspeos inquietos —los hay en cada función—. Se oirán también algunas risas mal disimuladas. Ocuparé el centro del escenario. Hasta ahí seguiré el libreto.

—¡Viajarás esta noche, sí! (susurrando) Huirás así de la soledad, de tanto fracaso y tanta vergüenza. Volverás a la gloria que una vez te inundó.

Más risas. Más carraspeos. Un estornudo, quizás. Volverá a sonar el móvil. Pausa dramática. Miraré desolado a izquierda y derecha recorriendo el auditorio semivacío. 

—¡Viajarás esta noche! (crescendo) Te elevarás por encima de esta porquería de obra, quedarán atrás estos paletos ignorantes. Dirás adiós al fatuo director, al pretencioso guionista, (fuerte) a los estúpidos críticos.  

Entre bambalinas, el apuntador se dirigirá alucinado al encargado de atrezo, que a su vez le mirará asustado. «No está en el guion, las últimas frases no vienen…», dirá el uno, «¿qué lleva en la mano, joder? Se ha dejado esto aquí», contestará el otro mientras le enseña una navaja de plástico.

—¡Viajarás esta noche! (gritando, con rabia) ¡Subirás tan alto como nunca estuviste! Llegarás por fin donde siempre has merecido… (fortísimo, hasta el climax) ¡y vosotros os quedaréis aquí, incultos sacos de mierda zafios y desagradecidos!

Mi voz llenará todo el teatro. Levantaré la barbilla, ofreciendo mi cuello a la navaja, y apoyaré el filo en la carótida. Apretaré despacio. La hoja probará una primera gota de sangre. 

Y entonces tal vez, solo tal vez, un tímido aplauso romperá el denso silencio del patio de butacas. Lo seguirán otros, luego otros, y después muchos más. Todo el público se pondrá en pie y me dedicará la ovación más atronadora de mis cincuenta años de profesión. La navaja caerá sobre las tablas del escenario cuando me incline para agradecer los aplausos. 

Solo tal vez.

©Gabriel Martín

Para el taller "Tinta y Sal"

Diciembre 2025


domingo, 8 de marzo de 2026

Ratones

—¡Hay que hacer algo ya! —dice el más joven e impetuoso de la pequeña familia de cuatro miembros—. Ayer mismo le dieron a mamá un susto de muerte cuando entró en la despensa a buscar galletas.
—¡Menudo grito que pegó! —comenta, divertido, el padre—. La oyeron hasta en la casa de al lado.
A la madre no le hace gracia recordar el incidente. Consiguió salir a duras penas de la despensa y ahora no es capaz de entrar en ella sin hacer antes mucho ruido para asustar a los posibles visitantes.
—No tiene ninguna gracia. Era grandísimo y asqueroso. 
La madre no puede evitar sentir un escalofrío al evocar su inesperado encuentro y se estremece. El padre la abraza, tranquilizador.
La hija mayor, que hasta el momento ha escuchado la conversación apoyada en la pared, embutida en su cotidiano disfraz de absoluta indiferencia por todo lo que pase entre los muros de aquella casa, decide salir de su mutismo voluntario por primera vez desde el comienzo de la improvisada reunión familiar.
—Yo ayer vi a otro paseando tan tranquilo por el centro del salón.
—¿Por qué no lo has contado antes? —interroga el padre.
—¿Para qué? Nunca me hacéis caso y, cuando me lo hacéis, no entendéis lo que digo. Vosotros sí que dais asco, y no esos pobres bichos.
—Ya estamos. Te voy a arrear un bofetón…
—¡Ya está bien! 
El grito, casi histérico, de la madre ha conseguido interrumpir el avance del padre hacia su hija.
—Vamos a ver —continúa, ya más tranquila—: la rebeldía preadolescente de la niña tendrá que esperar. Hay cosas mucho más urgentes. ¿Qué piensas hacer para acabar con ellos?
Todas las miradas se centran ahora expectantes en el padre, a la espera de la sabia solución del patriarca de la familia.
—Veneno. He oído que lo más efectivo es el veneno. Las trampas también van bien para estos casos, al parecer, pero son mucho más engorrosas. Así que no hay duda: será veneno. De hecho, me han hablado de uno fulminante.
Todos asienten.
Dos días después, la casa hierve de actividad. Un pequeño ejército de policías y personal sanitario pulula en aparente caos alrededor de los cuatro cadáveres sentados en la mesa de la cocina.
—La familia típica al completo, ¿eh? —Gonzalo Pas, inspector de homicidios recién llegado a la supuesta escena del crimen, se dirige con su habitual acento socarrón a Emilio Dóriga, médico forense—. Papá, mamá, Jonathan y Vanesa, ¿no? ¿No tenían perro?
Como toda respuesta, Dóriga señala un rincón de la cocina donde yace —con la lengua fuera de la boca y tan desproporcionadamente hinchada como la de sus cuatro dueños— «Coco», el fox terrier de la familia.
—Ya veo. ¿Qué coño ha pasado aquí, Dóriga?
—Pues eso tendrás que decirlo tú, colega. Para eso te pagan. Yo lo más que te puedo decir es que las cuatro tazas de desayuno tenían más estricnina que cornflakes. Ah, y el cuenco del perro lo mismo.
Gonzalo Pas se rasca desconcertado la cabeza, en la que empiezan a bullir descabelladas hipótesis y posibles soluciones. Examina a fondo los cinco cadáveres, buscando la más mínima pista que le permita elaborar una conjetura creíble. Busca, en fin, un punto de partida.
El padre, mientras tanto, sigue las evoluciones de Pas por la cocina con sus inteligentes ojos negros, desde su privilegiada y oculta situación encima del armario.
«Funcionó», piensa, «ha funcionado». Absorto en la escena que se desarrolla ante sus ojos no oye acercarse las pisadas diminutas y furtivas de sus dos hijos y su mujer.
—¿Habéis visto? Ha funcionado.
—Sí, papá, sí, ha funcionado —la voz del pequeño ratón se llena de ironía—. Antes solo teníamos cuatro y el perro, y ahora mira qué ejército.
—No pasa nada, hijo. Está todo previsto. Antes o después querrán tomar un café.

©Gabriel Martín
Agosto 2008

domingo, 1 de marzo de 2026

Esperar

Han transcurrido mil novecientos días desde que Don Javier, mi antiguo profesor de matemáticas, inició el ritual. Si vivierais en mi calle, si vuestra ventana diera a la esquina de Unamuno con Gracia, podríais describirlo igual que yo: llega diez minutos antes de la hora a la que sucedió todo, barre hasta dejar impoluto el espacio alrededor de la farola. Espera. Borra de la pequeña pizarra las marcas de tiza del día anterior. Espera. A las diez en punto, deposita un crisantemo y escribe la nueva cifra. Después, cierra los ojos, junta las manos y mueve los labios. Una oración, imagino.

Nunca ha faltado, nunca ha fallado en la cuenta. Lo sé: yo también la llevo. Lo hago desde que le vi acudir y le reconocí, al día siguiente del accidente, cuando aún no habían limpiado los restos de aceite y gasolina, cuando aún se distinguían en la acera las manchas de sangre que ella dejó. Aquella primera vez bajé por puro morbo y curiosidad. Ahora, cada día, cuando él se marcha, arrastro escalera abajo mi inconfesable y descreída envidia y tomo una fotografía de la estropeada pizarra. Hoy rezaba: 

«Estaremos juntos = Eternidad - 1.900 días».

©Gabriel Martín

Enero 2026

Inspirado en alguien

que no dejó de esperar ni un solo día.

domingo, 22 de febrero de 2026

La Resabida Historia del Árbol y el Junco

El gran árbol y el flexible junco se habían visto nacer el uno al otro. 

Desde que germinaron sus respectivas semillas en la loma de aquella colina prácticamente yerma —completamente yerma se podría decir, si no fuese por aquel incipiente árbol y aquel joven junco— no habían gozado de más compañía que la que podían proporcionarse el uno al otro, y la ocasional visita de algún ave migratoria cansada y despistada. 

Dirán los doctos y documentados que es realmente extraordinario encontrar un junco así, solo y aislado. Bien, es posible: yo no soy docto ni documentado y me limito a transmitir la historia tal cual me la contaron. Nunca se me ocurrió fijarme en ese dato, de igual manera que nunca cuestioné que pudiera existir la amistad entre un árbol y un junco. 

Porque eso es lo que me contaron que ocurrió, que juntos soportaron granizos y tormentas, mañanas de sol abrasadoras, heladas y aguaceros; y que todo eso los hizo amigos. 

Amigos, con toda la fuerza que arrastra esa palabra cuando es verdadera.

Solo se distanciaban —si es que dos plantas pudieran distanciarse— cuando se enzarzaban en eternas discusiones sobre si era más adecuada la táctica de uno o de otro para enfrentarse a los fuertes vientos que con frecuencia asolaban su triste colina. 

Paradójicamente firme en sus convicciones, el junco defendía la necesidad de plegarse ante el viento, de dejarlo pasar, de tumbarse, si era necesario. Por el contrario, el árbol se empeñaba en que no habría nunca viento que pudiera con sus sólidas raíces, y proclamaba orgulloso ante el junco y ante las aves que a veces acudían divertidas a escucharlo, que prefería morir de pie que vivir siempre arrodillado —él defendía la autoría de esa frase, aunque una insistente garza africana le rebatía afirmando haberla leído en camisetas de seres humanos—.

Cuando discutían por aquellas cuestiones, el árbol solía llamar al junco «ramita escuálida», a lo que el junco acostumbraba a responder llamándolo «alcornoque». Las hostilidades podían entonces enconarse, hasta llegar a dejar de hablarse días enteros.

En la tercera noche desde que empezara uno de esos periodos de amargo desencuentro, sopló un viento descomunal, como nunca ninguno de los dos había visto. El junco bailó al son del vendaval, plegándose a sus exigencias. El árbol, apretando firmes sus ramas y sus raíces, se encaró contra aquella furia desbocada.

Se hizo la oscuridad, ocultando a cada uno la lucha del otro.

A la mañana siguiente, el junco se alzó, sacudido y conmocionado, pero vivo. A su lado descubrió un gran agujero negro, justo en donde antes el árbol aposentaba sus raíces. Más lejos, al pie de la colina, contempló, tendido, el tronco mutilado del árbol.

Sois libres de pensar que esta es la historia de siempre, con la acostumbrada moraleja de ser flexible como el junco y adaptarse a los vientos. Yo también lo pensaría si no fuese porque sé que el junco deseó no haber tenido razón; que ni por un instante sintió el orgullo de que se hubiesen demostrado sus teorías; que solo lo embargó una inmensa pena cuando vio el nudoso cuerpo de su amigo en el suelo; que se adueñó de él la sensación de soledad más absoluta que se pueda sentir; y que, desde ese momento, suplicó para que volviera a alzarse un huracán que lo llevara al lado del único amigo que conoció. 

En realidad, el junco nunca fue arrancado por un golpe de viento. Pereció aplastado, víctima de las innumerables patas de un rebaño trashumante a su paso por la solitaria colina. 

Hay quien dice que al árbol nunca le habría pasado esto.

Os preguntaréis entonces dónde está la moraleja de esta historia. No lo sé, buscadla vosotros mismos, porque yo la desconozco. Puede que no oculte ninguna enseñanza, o, tal vez, puede que oculte muchas. 

En realidad, a mí nunca me gustaron las historias con moraleja.

©Gabriel Martín

Marzo 2006

domingo, 15 de febrero de 2026

En barrena

Las tardes en que, agotado tras ocho horas en la línea de envasado, notaba en la espalda el cosquilleo al salir de la fábrica, siempre dejaba el coche aparcado allí. Suponía madrugar todavía más y dos transbordos de atestados autobuses al día siguiente, pero no podía resistirse: el impulso era incontenible. 

Como en otras, aquella tarde se quitó la camisa y la cazadora, los metió en el coche y esperó fumando un cigarro, charlando de fútbol con un compañero que, como él, mataba el tiempo hasta completar el cambio. A los diez minutos, cuando ya habían alcanzado el tamaño necesario, batió sus alas, se despidió entre bromas —«hasta mañana, buitre», «adiós, sardinuca»— y se elevó en el aire. Desde allí pudo ver a su amigo zambullirse en la ría que discurría junto al polígono. «Tener que meterse ahí con toda la mierda que tiene que haber», pensó. Se puso en camino hacia el barrio luchando contra el viento Sur, que se divertía lanzando en su contra el humo negro de las factorías.

Faltaba media hora para que saliera Carla. Sonrió imaginándose una vez más junto a ella en el cielo, esta vez domando la ventosa tarde de diciembre. Se preguntó si estaría sintiendo ya el cosquilleo, aunque a ella cada vez le pasaba menos: llevaba tiempo distinta.

Se posó en la farola frente al escaparate de la tienda justo cuando la encargada daba la vuelta al cartel de «abierto». La saludó con la mano y ella lo miró con aburrimiento. Veinte minutos después salió Carla. Él saltó al suelo, se irguió orgulloso y contento delante de ella y abrió los brazos y las alas en toda su longitud. 

—¡Tachán! —exclamó—. ¿Y tú? ¿Te pican ya? ¿Vamos? Te llevo hasta que te salgan.

Ella le dirigió una mirada apagada que él no esperaba y bajó la cabeza. Apartó el cuello del jersey con su mano izquierda, dejando ver las incipientes hendiduras en su piel, y extendió la derecha con los dedos tan abiertos como le permitía la naciente membrana. Él intentó esconder la tristeza y la decepción que asaltaron su rostro. Lo consiguió enseguida, pero no fue suficiente: ella ya lo había visto. 

—No pasa nada, Carla —balbuceó—. De verdad. Tendrá solución.

—No; lo sabes. Cuando cambia, nunca vuelve atrás. Lo siento; tengo que irme. No queda tiempo.

—Pero podemos…

Ella corrió. Corrió como nunca la había visto correr. Él la siguió desde el aire. La llamó. La llamó todo el rato, pero ella no quiso escucharle. Ella esquivaba peatones, coches, bancos, papeleras… Él, cables, semáforos suspendidos, luces navideñas y otros voladores. 

Cuando llegaron a la playa, hizo un último intento: «¡Espera!», gritó, pero ella no podía. La adelantó a tiempo de ver mudar su agónico y congestionado rostro desde la angustia al alivio; luego, ya en el agua, a la más absoluta felicidad. Después, se sumergió. Él esperó, pero ella ya no volvió a salir.

Ascendió más alto de lo que nunca lo había hecho. Cuando llegó tan arriba que le faltaba el aire, recogió las alas y se dejó caer en picado con un grito rabioso y salvaje. Segundos antes del impacto remontó el vuelo.

Carla regresó a casa a las cinco de la madrugada. Para entonces, él ya se había marchado a coger el autobús. Ella empezó a hacer las maletas.

©Gabriel Martín

Escrito para "Tinta y Sal"

Noviembre 2025

domingo, 8 de febrero de 2026

De un sábado de agosto

Pongamos un sábado plomizo, pongamos un mes de agosto. Pongámoslo en una ciudad costera, prostituida y turística, una de esas ciudades que duplica en verano los cuerpos que la habitan, que comprime sus almas para que le quepan todas, que satura sus rincones, que atasca sus calles. 

Pongamos la lluvia, además. Pongámosla para reducir aún más si cabe el espacio habitable, para confinar el cielo, para dar el toque de queda, para invocar el ridículo sobre el desquiciado festival de camisetas multicolores, bermudas y chancletas.  

Pongamos la lluvia, sí. Pero pongamos entonces un refugio, un salvamento, un faro guiando a los miles y miles de turistas descontentos. Pongamos, es obvio, un centro comercial: luz para polillas humanas privadas del sol del que se creen acreedoras.

Pongámoslo desbordado, rebosante, atascado. Pongamos los ríos de coches intentando llegar e impidiendo marchar, pongamos los pasillos repletos, las tiendas atestadas, los gritos, las risas, el murmullo incesante de miles de bocas, los llantos de los niños exigiendo caprichos, las discusiones de los padres, los móviles sonando sin parar. Sumémosle la megafonía lanzando al aire enrarecido sus ofertas de última hora, sus niños perdidos y sus interminables coches mal aparcados.

Pongamos ahora, una vez establecido el escenario, los actores principales de esta historia. Pongamos un hombre. Situémoslo sentado en un banco de la arteria principal del centro comercial. Pongámoslo inclinado, con los codos apoyados en los muslos, las palmas de las manos sujetando el peso, aparentemente insoportable, de su propia cabeza. Pongámoslo con los ojos cerrados. No, mejor aún, los ojos abiertos, muy abiertos tal vez, pero mirando nada. Sí, la mirada fija y perdida a la vez en un punto desconocido para nosotros, situado en el escaparate de la tienda de enfrente. 

¿De qué es la tienda? No importa. Ya lo pensaremos más tarde si es que hay que definirlo. Tampoco es sustancial en el hombre su vestimenta ni su aspecto. Pongamos quizás un hombre de unos cuarenta años, un hombre cualquiera, sin rasgos sobresalientes. Su apariencia —ya sabéis— no es fundamental. Dejémoslo de momento, sentado en su banco, inmóvil, casi una estatua, excepto quizá por el apenas perceptible movimiento de sus labios que se abren y cierran como si nuestro hombre hablara ininterrumpidamente. Es imposible saber si lo hace o no: el bullicio del centro comercial mata cualquier otro sonido antes de nacer. Dejémoslo así de momento, decía, como un pez boqueante ante el cristal de su acuario imaginario.

Ahora busquemos más a fondo. Busquemos rápidamente entre la marea de clientes un segundo protagonista. Una mujer tal vez, quizás un niño. Sí, podría ser el niño pequeño incansablemente reclamado por megafonía: «Se ha perdido el niño de cuatro años Miguel Fernández. Lleva camiseta naranja con dibujo de Spiderman…». 

Sí, fijémonos en él. Incluso así, a vista de pájaro, no es fácil localizarlo con el único dato de la camiseta naranja entre el tropel policromado de compradores que rebosa nuestro escenario. Pero lo hacemos, lo encontramos. Para eso la historia es nuestra y necesitamos encontrarlo. 

El niño de la camiseta con dibujo de Spiderman camina lloriqueando desconsolado entre la multitud. Por desgracia para él, aún no ha aprendido que, para que le hagan caso, tiene que llorar más fuerte. Por eso nadie se fija en él, salvo para esquivarle como a un obstáculo, como a un estorbo. Igual que esquivan al hombre que prosigue incansable su salmodia inaudible, sentado en el banco con la cabeza apoyada en las palmas de las manos. 

El niño perdido pasa por delante del banco de nuestro hombre y se detiene. Se detiene porque sus pequeñas orejas son capaces de escuchar por encima del tumulto la letanía que surge de los labios del hombre y se reconoce en lo que escucha. 

Se detiene y, con los ojos llorosos y la voz temblona, habla al hombre. Este abandona por un segundo el lejano mundo más allá del cristal del escaparate de la tienda de enfrente, fija su mirada en los ojos del niño y comprende. Luego, lo toma de la mano, se levanta y, salvando un bosque impenetrable de cuerpos, camina con paso más o menos firme hasta el mostrador de información donde, histérica de preocupación, la madre del niño de la camiseta naranja de Spiderman los recibe entre sollozos agradecidos y recriminaciones al niño. 

Luego, el hombre regresa con paso cansado a su sitio en el banco y se vuelve a sentar con la misma postura inmutable. Sus ojos se dirigen de nuevo a un mundo más allá del escaparate de la tienda de enfrente y su boca comienza a entonar su impertérrita retahíla de murmullos. 

Bajemos ahora el volumen ensordecedor del bullicio, poco a poco; podemos hacerlo: es, al fin y al cabo, nuestra historia. Bajémoslo ahora y acerquemos nuestro oído a la boca del hombre, que, ajeno a nuestra maniobra, sigue recitando sin parar: «Estoy perdido, estoy perdido, estoy perdido». 

Quitemos ahora la lluvia, dejemos solo los charcos en el aparcamiento del centro comercial, turbios espejos que pronto reflejarán a la gregaria muchedumbre disponiéndose a volver a casa tras su agotadora tarde de compras. Alejémonos ahora, despacio, sin ruido. Así podremos oír todavía, mientras nos vamos, los ecos lejanos de la impersonal megafonía rezumando su eterna cantinela de ofertas y avisos, y, entre estos, tal vez —solo tal vez—, alguien anuncie al fin que un hombre se ha perdido.

©Gabriel Martín

Agosto, 2007