Las tardes en que, agotado tras ocho horas en la línea de envasado, notaba en la espalda el cosquilleo al salir de la fábrica, siempre dejaba el coche aparcado allí. Suponía madrugar todavía más y dos transbordos de atestados autobuses al día siguiente, pero no podía resistirse: el impulso era incontenible.
Como en otras, aquella tarde se quitó la camisa y la cazadora, los metió en el coche y esperó fumando un cigarro, charlando de fútbol con un compañero que, como él, mataba el tiempo hasta completar el cambio. A los diez minutos, cuando ya habían alcanzado el tamaño necesario, batió sus alas, se despidió entre bromas —«hasta mañana, buitre», «adiós, sardinuca»— y se elevó en el aire. Desde allí pudo ver a su amigo zambullirse en la ría que discurría junto al polígono. «Tener que meterse ahí con toda la mierda que tiene que haber», pensó. Se puso en camino hacia el barrio luchando contra el viento Sur, que se divertía lanzando en su contra el humo negro de las factorías.
Faltaba media hora para que saliera Carla. Sonrió imaginándose una vez más junto a ella en el cielo, esta vez domando la ventosa tarde de diciembre. Se preguntó si estaría sintiendo ya el cosquilleo, aunque a ella cada vez le pasaba menos: llevaba tiempo distinta.
Se posó en la farola frente al escaparate de la tienda justo cuando la encargada daba la vuelta al cartel de «abierto». La saludó con la mano y ella lo miró con aburrimiento. Veinte minutos después salió Carla. Él saltó al suelo, se irguió orgulloso y contento delante de ella y abrió los brazos y las alas en toda su longitud.
—¡Tachán! —exclamó—. ¿Y tú? ¿Te pican ya? ¿Vamos? Te llevo hasta que te salgan.
Ella le dirigió una mirada apagada que él no esperaba y bajó la cabeza. Apartó el cuello del jersey con su mano izquierda, dejando ver las incipientes hendiduras en su piel, y extendió la derecha con los dedos tan abiertos como le permitía la naciente membrana. Él intentó esconder la tristeza y la decepción que asaltaron su rostro. Lo consiguió enseguida, pero no fue suficiente: ella ya lo había visto.
—No pasa nada, Carla —balbuceó—. De verdad. Tendrá solución.
—No; lo sabes. Cuando cambia, nunca vuelve atrás. Lo siento; tengo que irme. No queda tiempo.
—Pero podemos…
Ella corrió. Corrió como nunca la había visto correr. Él la siguió desde el aire. La llamó. La llamó todo el rato, pero ella no quiso escucharle. Ella esquivaba peatones, coches, bancos, papeleras… Él, cables, semáforos suspendidos, luces navideñas y otros voladores.
Cuando llegaron a la playa, hizo un último intento: «¡Espera!», gritó, pero ella no podía. La adelantó a tiempo de ver mudar su agónico y congestionado rostro desde la angustia al alivio; luego, ya en el agua, a la más absoluta felicidad. Después, se sumergió. Él esperó, pero ella ya no volvió a salir.
Ascendió más alto de lo que nunca lo había hecho. Cuando llegó tan arriba que le faltaba el aire, recogió las alas y se dejó caer en picado con un grito rabioso y salvaje. Segundos antes del impacto remontó el vuelo.
Carla regresó a casa a las cinco de la madrugada. Para entonces, él ya se había marchado a coger el autobús. Ella empezó a hacer las maletas.
©Gabriel Martín
Escrito para "Tinta y Sal"
Noviembre 2025
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