Día libre, después de mucho tiempo. Para él solo: no es fiesta general. Se lo debían y lo ha cogido. Necesitaba descansar. Ha amanecido despejado, un oasis en medio de este maldito enero. Parece que todos los astros se hubieran conjurado para regalarle lo que le hacía falta.
Se pone las deportivas, el
pantalón del chándal y la sudadera —llevará también el cortaviento, por si
acaso—. Bluetooth de los cascos activado. Piensa en poner la radio —«Hoy no»,
se convence, «hoy todo estará bien»—. Hoy no quiere bombardeos, masacres,
genocidios ni aranceles. Hoy el nuevo desorden mundial quedará fuera.
Selecciona la lista «Canciones que me gustan», Play, abre la puerta de
casa e inspira despacio antes de comenzar el paseo. En sus oídos, Aurora
Beltrán le propone una noche de amor para sentirse mejor. «¿Por qué no?»,
piensa, «no estaré solo todo el día». Sonríe con la idea. Ni siquiera el polvo
de las obras del innecesario polígono industrial de las afueras le impide
sonreír.
Camina rápido. Quiere alejarse lo
antes posible del centro del pueblo: «Hoy, la menor gente posible». Al cruzar
un vado en la zona de urbanizaciones, una mancha roja aparece en su visión por
el rabillo del ojo derecho. El coche frena justo a tiempo. Apoya la mano en el
capó y observa a la conductora, que le recrimina con la mirada. «Ni pedir
perdón, joder». Siente nacer fuego en el estómago, pero respira profundo: «Hoy
no, hoy no», se repite. Sigue caminando.
A los tres kilómetros, Quique
González afirma que «la verdad es más difícil de creer». Él tararea y confirma
que sí, que es así. Se cruza con un tractor. Va mucho más rápido de lo
recomendable y lleva una bandera en cada lateral. El ruido le impide oír la
música y el aire que desplaza le hace sentir un escalofrío. «Como si fuera a
los tercios de Flandes», se le ocurre, pero aparta esas palabras con un
movimiento de cabeza. «Hoy no. Hoy todo estará bien». Le sorprende una
desbandada de pájaros desde la encina a la orilla de la carretera.
A los seis kilómetros, Dylan le
dice a Billy the Kid que está muy lejos de casa. «Yo también», se dice,
e inicia el regreso. Se encuentra con un labrador que pasea a su dueño. Sonríe,
primero al perro, y luego al amo, con una inclinación de cabeza a la que el
otro no responde. «Hoy no. Hoy todo está bien», insiste, «camina, anda, adonde
nada te alcance». Se gira para contemplar al animal, que ventea el aire,
inquieto, en todas direcciones.
Dos kilómetros más allá, corona
una cuesta. Desde allí se ve Peña Cabarga, dominando todo. Se detiene. «It’s
a hard rain’s gonna fall» resuena en su cabeza.
Respira hondo de nuevo, hasta que
casi le duele el pecho, y cierra los ojos. Cuando los abre, todo se ha vuelto
rojo. Descubre, sin entender lo que ve, el hongo, enorme y oscuro, perfilándose
por detrás de la peña, como una medusa de fuego negro que conquistara el cielo.
Solo es un instante. Lo
suficiente para que Stewart cante en su oído «When I need you».
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