domingo, 1 de febrero de 2026

Día libre

Día libre, después de mucho tiempo. Para él solo: no es fiesta general. Se lo debían y lo ha cogido. Necesitaba descansar. Ha amanecido despejado, un oasis en medio de este maldito enero. Parece que todos los astros se hubieran conjurado para regalarle lo que le hacía falta.

Se pone las deportivas, el pantalón del chándal y la sudadera —llevará también el cortaviento, por si acaso—. Bluetooth de los cascos activado. Piensa en poner la radio —«Hoy no», se convence, «hoy todo estará bien»—. Hoy no quiere bombardeos, masacres, genocidios ni aranceles. Hoy el nuevo desorden mundial quedará fuera. Selecciona la lista «Canciones que me gustan», Play, abre la puerta de casa e inspira despacio antes de comenzar el paseo. En sus oídos, Aurora Beltrán le propone una noche de amor para sentirse mejor. «¿Por qué no?», piensa, «no estaré solo todo el día». Sonríe con la idea. Ni siquiera el polvo de las obras del innecesario polígono industrial de las afueras le impide sonreír.

Camina rápido. Quiere alejarse lo antes posible del centro del pueblo: «Hoy, la menor gente posible». Al cruzar un vado en la zona de urbanizaciones, una mancha roja aparece en su visión por el rabillo del ojo derecho. El coche frena justo a tiempo. Apoya la mano en el capó y observa a la conductora, que le recrimina con la mirada. «Ni pedir perdón, joder». Siente nacer fuego en el estómago, pero respira profundo: «Hoy no, hoy no», se repite. Sigue caminando.

A los tres kilómetros, Quique González afirma que «la verdad es más difícil de creer». Él tararea y confirma que sí, que es así. Se cruza con un tractor. Va mucho más rápido de lo recomendable y lleva una bandera en cada lateral. El ruido le impide oír la música y el aire que desplaza le hace sentir un escalofrío. «Como si fuera a los tercios de Flandes», se le ocurre, pero aparta esas palabras con un movimiento de cabeza. «Hoy no. Hoy todo estará bien». Le sorprende una desbandada de pájaros desde la encina a la orilla de la carretera.

A los seis kilómetros, Dylan le dice a Billy the Kid que está muy lejos de casa. «Yo también», se dice, e inicia el regreso. Se encuentra con un labrador que pasea a su dueño. Sonríe, primero al perro, y luego al amo, con una inclinación de cabeza a la que el otro no responde. «Hoy no. Hoy todo está bien», insiste, «camina, anda, adonde nada te alcance». Se gira para contemplar al animal, que ventea el aire, inquieto, en todas direcciones.

Dos kilómetros más allá, corona una cuesta. Desde allí se ve Peña Cabarga, dominando todo. Se detiene. «It’s a hard rain’s gonna fall» resuena en su cabeza.

Respira hondo de nuevo, hasta que casi le duele el pecho, y cierra los ojos. Cuando los abre, todo se ha vuelto rojo. Descubre, sin entender lo que ve, el hongo, enorme y oscuro, perfilándose por detrás de la peña, como una medusa de fuego negro que conquistara el cielo.

Solo es un instante. Lo suficiente para que Stewart cante en su oído «When I need you».

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