Ocultaba un sombrío secreto desde sus primeros meses de vidad: una terrible maldición que lo atrapaba y de la que era incapaz de liberarse.
Solo su madre
conocía y aceptaba su verdadera naturaleza. De no haber sido así, habría sido
imposible que saliera adelante en aquellos primeros días —lejanos ya— en que
todavía no podía valerse por sí mismo. Ella fue la primera en notar el
problema, pero decidió ocultarlo de todos mientras duraran los cambios. No era
tan difícil. Así, tal vez, su pequeño pudiera llevar una vida normal.
Creció como uno
más e incluso se acostumbró a convivir con aquella extraña condición.
Invariablemente,
todas las noches de luna llena, cuando el primer rayo del indiferente satélite
rozaba una mínima parte de su cuerpo, comenzaba la transformación.
Cada vez que
esto ocurría, debía correr para ocultarse de los ojos de los otros, para que
ninguno lo viera. No podía permitir que lo supieran. No debían imaginar nunca
que él era distinto.
Sin embargo,
aquella noche no tuvo tiempo de esconderse. Cuando comenzó la transfiguración,
la dolorosa punzada en el estómago —esta vez incluso más fuerte que otras— lo
dejó paralizado y lo derribó.
Los demás se
acercaron despacio —curiosos y precavidos— y formaron un círculo a su
alrededor. Todos y cada uno de ellos estaban allí: sus más viejos amigos, su
familia, sus compañeros de juegos. Ante la vista de todos, completó su horrible
metamorfosis.
El temor se
adueñó de todos los que lo observaban. Convencidos ya de que aquel extraño ser —tan
diferente— que yacía desnudo en medio de ellos, no podía ser sino una amenaza,
reaccionaron por instinto.
La primera
dentellada le produjo un dolor desgarrador en el brazo. Luego el líder saltó
sobre su espalda, cerrando con fuerza las mandíbulas sobre el hombro. Esa fue
la señal: el resto de la manada se abalanzó contra él, arañando, mordiendo,
rasgando, hasta que su cuerpo fue un triste guiñapo.
Todos
colaboraron. Todos, excepto una triste loba gris, que, apartada del grupo, se
preguntaba por qué aquel precioso cachorro que fue la alegría de sus días tuvo
que nacer con la penosa maldición de convertirse en hombre al aparecer en el
cielo la luna llena.
Cuando la manada se cansó de ensañarse con el cadaver del cachorro, ella, tiernamente, lo olisqueó y lamió sus multiples heridas. Luego, durante toda la noche, aulló a la impasible y redonda luna toda su pena y toda su rabia.
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