domingo, 15 de febrero de 2026

En barrena

Las tardes en que, agotado tras ocho horas en la línea de envasado, notaba en la espalda el cosquilleo al salir de la fábrica, siempre dejaba el coche aparcado allí. Suponía madrugar todavía más y dos transbordos de atestados autobuses al día siguiente, pero no podía resistirse: el impulso era incontenible. 

Como en otras, aquella tarde se quitó la camisa y la cazadora, los metió en el coche y esperó fumando un cigarro, charlando de fútbol con un compañero que, como él, mataba el tiempo hasta completar el cambio. A los diez minutos, cuando ya habían alcanzado el tamaño necesario, batió sus alas, se despidió entre bromas —«hasta mañana, buitre», «adiós, sardinuca»— y se elevó en el aire. Desde allí pudo ver a su amigo zambullirse en la ría que discurría junto al polígono. «Tener que meterse ahí con toda la mierda que tiene que haber», pensó. Se puso en camino hacia el barrio luchando contra el viento Sur, que se divertía lanzando en su contra el humo negro de las factorías.

Faltaba media hora para que saliera Carla. Sonrió imaginándose una vez más junto a ella en el cielo, esta vez domando la ventosa tarde de diciembre. Se preguntó si estaría sintiendo ya el cosquilleo, aunque a ella cada vez le pasaba menos: llevaba tiempo distinta.

Se posó en la farola frente al escaparate de la tienda justo cuando la encargada daba la vuelta al cartel de «abierto». La saludó con la mano y ella lo miró con aburrimiento. Veinte minutos después salió Carla. Él saltó al suelo, se irguió orgulloso y contento delante de ella y abrió los brazos y las alas en toda su longitud. 

—¡Tachán! —exclamó—. ¿Y tú? ¿Te pican ya? ¿Vamos? Te llevo hasta que te salgan.

Ella le dirigió una mirada apagada que él no esperaba y bajó la cabeza. Apartó el cuello del jersey con su mano izquierda, dejando ver las incipientes hendiduras en su piel, y extendió la derecha con los dedos tan abiertos como le permitía la naciente membrana. Él intentó esconder la tristeza y la decepción que asaltaron su rostro. Lo consiguió enseguida, pero no fue suficiente: ella ya lo había visto. 

—No pasa nada, Carla —balbuceó—. De verdad. Tendrá solución.

—No; lo sabes. Cuando cambia, nunca vuelve atrás. Lo siento; tengo que irme. No queda tiempo.

—Pero podemos…

Ella corrió. Corrió como nunca la había visto correr. Él la siguió desde el aire. La llamó. La llamó todo el rato, pero ella no quiso escucharle. Ella esquivaba peatones, coches, bancos, papeleras… Él, cables, semáforos suspendidos, luces navideñas y otros voladores. 

Cuando llegaron a la playa, hizo un último intento: «¡Espera!», gritó, pero ella no podía. La adelantó a tiempo de ver mudar su agónico y congestionado rostro desde la angustia al alivio; luego, ya en el agua, a la más absoluta felicidad. Después, se sumergió. Él esperó, pero ella ya no volvió a salir.

Ascendió más alto de lo que nunca lo había hecho. Cuando llegó tan arriba que le faltaba el aire, recogió las alas y se dejó caer en picado con un grito rabioso y salvaje. Segundos antes del impacto remontó el vuelo.

Carla regresó a casa a las cinco de la madrugada. Para entonces, él ya se había marchado a coger el autobús. Ella empezó a hacer las maletas.

©Gabriel Martín

Escrito para "Tinta y Sal"

Noviembre 2025

domingo, 8 de febrero de 2026

De un sábado de agosto

Pongamos un sábado plomizo, pongamos un mes de agosto. Pongámoslo en una ciudad costera, prostituida y turística, una de esas ciudades que duplica en verano los cuerpos que la habitan, que comprime sus almas para que le quepan todas, que satura sus rincones, que atasca sus calles. 

Pongamos la lluvia, además. Pongámosla para reducir aún más si cabe el espacio habitable, para confinar el cielo, para dar el toque de queda, para invocar el ridículo sobre el desquiciado festival de camisetas multicolores, bermudas y chancletas.  

Pongamos la lluvia, sí. Pero pongamos entonces un refugio, un salvamento, un faro guiando a los miles y miles de turistas descontentos. Pongamos, es obvio, un centro comercial: luz para polillas humanas privadas del sol del que se creen acreedoras.

Pongámoslo desbordado, rebosante, atascado. Pongamos los ríos de coches intentando llegar e impidiendo marchar, pongamos los pasillos repletos, las tiendas atestadas, los gritos, las risas, el murmullo incesante de miles de bocas, los llantos de los niños exigiendo caprichos, las discusiones de los padres, los móviles sonando sin parar. Sumémosle la megafonía lanzando al aire enrarecido sus ofertas de última hora, sus niños perdidos y sus interminables coches mal aparcados.

Pongamos ahora, una vez establecido el escenario, los actores principales de esta historia. Pongamos un hombre. Situémoslo sentado en un banco de la arteria principal del centro comercial. Pongámoslo inclinado, con los codos apoyados en los muslos, las palmas de las manos sujetando el peso, aparentemente insoportable, de su propia cabeza. Pongámoslo con los ojos cerrados. No, mejor aún, los ojos abiertos, muy abiertos tal vez, pero mirando nada. Sí, la mirada fija y perdida a la vez en un punto desconocido para nosotros, situado en el escaparate de la tienda de enfrente. 

¿De qué es la tienda? No importa. Ya lo pensaremos más tarde si es que hay que definirlo. Tampoco es sustancial en el hombre su vestimenta ni su aspecto. Pongamos quizás un hombre de unos cuarenta años, un hombre cualquiera, sin rasgos sobresalientes. Su apariencia —ya sabéis— no es fundamental. Dejémoslo de momento, sentado en su banco, inmóvil, casi una estatua, excepto quizá por el apenas perceptible movimiento de sus labios que se abren y cierran como si nuestro hombre hablara ininterrumpidamente. Es imposible saber si lo hace o no: el bullicio del centro comercial mata cualquier otro sonido antes de nacer. Dejémoslo así de momento, decía, como un pez boqueante ante el cristal de su acuario imaginario.

Ahora busquemos más a fondo. Busquemos rápidamente entre la marea de clientes un segundo protagonista. Una mujer tal vez, quizás un niño. Sí, podría ser el niño pequeño incansablemente reclamado por megafonía: «Se ha perdido el niño de cuatro años Miguel Fernández. Lleva camiseta naranja con dibujo de Spiderman…». 

Sí, fijémonos en él. Incluso así, a vista de pájaro, no es fácil localizarlo con el único dato de la camiseta naranja entre el tropel policromado de compradores que rebosa nuestro escenario. Pero lo hacemos, lo encontramos. Para eso la historia es nuestra y necesitamos encontrarlo. 

El niño de la camiseta con dibujo de Spiderman camina lloriqueando desconsolado entre la multitud. Por desgracia para él, aún no ha aprendido que, para que le hagan caso, tiene que llorar más fuerte. Por eso nadie se fija en él, salvo para esquivarle como a un obstáculo, como a un estorbo. Igual que esquivan al hombre que prosigue incansable su salmodia inaudible, sentado en el banco con la cabeza apoyada en las palmas de las manos. 

El niño perdido pasa por delante del banco de nuestro hombre y se detiene. Se detiene porque sus pequeñas orejas son capaces de escuchar por encima del tumulto la letanía que surge de los labios del hombre y se reconoce en lo que escucha. 

Se detiene y, con los ojos llorosos y la voz temblona, habla al hombre. Este abandona por un segundo el lejano mundo más allá del cristal del escaparate de la tienda de enfrente, fija su mirada en los ojos del niño y comprende. Luego, lo toma de la mano, se levanta y, salvando un bosque impenetrable de cuerpos, camina con paso más o menos firme hasta el mostrador de información donde, histérica de preocupación, la madre del niño de la camiseta naranja de Spiderman los recibe entre sollozos agradecidos y recriminaciones al niño. 

Luego, el hombre regresa con paso cansado a su sitio en el banco y se vuelve a sentar con la misma postura inmutable. Sus ojos se dirigen de nuevo a un mundo más allá del escaparate de la tienda de enfrente y su boca comienza a entonar su impertérrita retahíla de murmullos. 

Bajemos ahora el volumen ensordecedor del bullicio, poco a poco; podemos hacerlo: es, al fin y al cabo, nuestra historia. Bajémoslo ahora y acerquemos nuestro oído a la boca del hombre, que, ajeno a nuestra maniobra, sigue recitando sin parar: «Estoy perdido, estoy perdido, estoy perdido». 

Quitemos ahora la lluvia, dejemos solo los charcos en el aparcamiento del centro comercial, turbios espejos que pronto reflejarán a la gregaria muchedumbre disponiéndose a volver a casa tras su agotadora tarde de compras. Alejémonos ahora, despacio, sin ruido. Así podremos oír todavía, mientras nos vamos, los ecos lejanos de la impersonal megafonía rezumando su eterna cantinela de ofertas y avisos, y, entre estos, tal vez —solo tal vez—, alguien anuncie al fin que un hombre se ha perdido.

©Gabriel Martín

Agosto, 2007

domingo, 1 de febrero de 2026

Día libre

Día libre, después de mucho tiempo. Para él solo: no es fiesta general. Se lo debían y lo ha cogido. Necesitaba descansar. Ha amanecido despejado, un oasis en medio de este maldito enero. Parece que todos los astros se hubieran conjurado para regalarle lo que le hacía falta.

Se pone las deportivas, el pantalón del chándal y la sudadera —llevará también el cortaviento, por si acaso—. Bluetooth de los cascos activado. Piensa en poner la radio —«Hoy no», se convence, «hoy todo estará bien»—. Hoy no quiere bombardeos, masacres, genocidios ni aranceles. Hoy el nuevo desorden mundial quedará fuera. Selecciona la lista «Canciones que me gustan», Play, abre la puerta de casa e inspira despacio antes de comenzar el paseo. En sus oídos, Aurora Beltrán le propone una noche de amor para sentirse mejor. «¿Por qué no?», piensa, «no estaré solo todo el día». Sonríe con la idea. Ni siquiera el polvo de las obras del innecesario polígono industrial de las afueras le impide sonreír.

Camina rápido. Quiere alejarse lo antes posible del centro del pueblo: «Hoy, la menor gente posible». Al cruzar un vado en la zona de urbanizaciones, una mancha roja aparece en su visión por el rabillo del ojo derecho. El coche frena justo a tiempo. Apoya la mano en el capó y observa a la conductora, que le recrimina con la mirada. «Ni pedir perdón, joder». Siente nacer fuego en el estómago, pero respira profundo: «Hoy no, hoy no», se repite. Sigue caminando.

A los tres kilómetros, Quique González afirma que «la verdad es más difícil de creer». Él tararea y confirma que sí, que es así. Se cruza con un tractor. Va mucho más rápido de lo recomendable y lleva una bandera en cada lateral. El ruido le impide oír la música y el aire que desplaza le hace sentir un escalofrío. «Como si fuera a los tercios de Flandes», se le ocurre, pero aparta esas palabras con un movimiento de cabeza. «Hoy no. Hoy todo estará bien». Le sorprende una desbandada de pájaros desde la encina a la orilla de la carretera.

A los seis kilómetros, Dylan le dice a Billy the Kid que está muy lejos de casa. «Yo también», se dice, e inicia el regreso. Se encuentra con un labrador que pasea a su dueño. Sonríe, primero al perro, y luego al amo, con una inclinación de cabeza a la que el otro no responde. «Hoy no. Hoy todo está bien», insiste, «camina, anda, adonde nada te alcance». Se gira para contemplar al animal, que ventea el aire, inquieto, en todas direcciones.

Dos kilómetros más allá, corona una cuesta. Desde allí se ve Peña Cabarga, dominando todo. Se detiene. «It’s a hard rain’s gonna fall» resuena en su cabeza.

Respira hondo de nuevo, hasta que casi le duele el pecho, y cierra los ojos. Cuando los abre, todo se ha vuelto rojo. Descubre, sin entender lo que ve, el hongo, enorme y oscuro, perfilándose por detrás de la peña, como una medusa de fuego negro que conquistara el cielo.

Solo es un instante. Lo suficiente para que Stewart cante en su oído «When I need you».