domingo, 8 de marzo de 2026

Ratones

—¡Hay que hacer algo ya! —dice el más joven e impetuoso de la pequeña familia de cuatro miembros—. Ayer mismo le dieron a mamá un susto de muerte cuando entró en la despensa a buscar galletas.
—¡Menudo grito que pegó! —comenta, divertido, el padre—. La oyeron hasta en la casa de al lado.
A la madre no le hace gracia recordar el incidente. Consiguió salir a duras penas de la despensa y ahora no es capaz de entrar en ella sin hacer antes mucho ruido para asustar a los posibles visitantes.
—No tiene ninguna gracia. Era grandísimo y asqueroso. 
La madre no puede evitar sentir un escalofrío al evocar su inesperado encuentro y se estremece. El padre la abraza, tranquilizador.
La hija mayor, que hasta el momento ha escuchado la conversación apoyada en la pared, embutida en su cotidiano disfraz de absoluta indiferencia por todo lo que pase entre los muros de aquella casa, decide salir de su mutismo voluntario por primera vez desde el comienzo de la improvisada reunión familiar.
—Yo ayer vi a otro paseando tan tranquilo por el centro del salón.
—¿Por qué no lo has contado antes? —interroga el padre.
—¿Para qué? Nunca me hacéis caso y, cuando me lo hacéis, no entendéis lo que digo. Vosotros sí que dais asco, y no esos pobres bichos.
—Ya estamos. Te voy a arrear un bofetón…
—¡Ya está bien! 
El grito, casi histérico, de la madre ha conseguido interrumpir el avance del padre hacia su hija.
—Vamos a ver —continúa, ya más tranquila—: la rebeldía preadolescente de la niña tendrá que esperar. Hay cosas mucho más urgentes. ¿Qué piensas hacer para acabar con ellos?
Todas las miradas se centran ahora expectantes en el padre, a la espera de la sabia solución del patriarca de la familia.
—Veneno. He oído que lo más efectivo es el veneno. Las trampas también van bien para estos casos, al parecer, pero son mucho más engorrosas. Así que no hay duda: será veneno. De hecho, me han hablado de uno fulminante.
Todos asienten.
Dos días después, la casa hierve de actividad. Un pequeño ejército de policías y personal sanitario pulula en aparente caos alrededor de los cuatro cadáveres sentados en la mesa de la cocina.
—La familia típica al completo, ¿eh? —Gonzalo Pas, inspector de homicidios recién llegado a la supuesta escena del crimen, se dirige con su habitual acento socarrón a Emilio Dóriga, médico forense—. Papá, mamá, Jonathan y Vanesa, ¿no? ¿No tenían perro?
Como toda respuesta, Dóriga señala un rincón de la cocina donde yace —con la lengua fuera de la boca y tan desproporcionadamente hinchada como la de sus cuatro dueños— «Coco», el fox terrier de la familia.
—Ya veo. ¿Qué coño ha pasado aquí, Dóriga?
—Pues eso tendrás que decirlo tú, colega. Para eso te pagan. Yo lo más que te puedo decir es que las cuatro tazas de desayuno tenían más estricnina que cornflakes. Ah, y el cuenco del perro lo mismo.
Gonzalo Pas se rasca desconcertado la cabeza, en la que empiezan a bullir descabelladas hipótesis y posibles soluciones. Examina a fondo los cinco cadáveres, buscando la más mínima pista que le permita elaborar una conjetura creíble. Busca, en fin, un punto de partida.
El padre, mientras tanto, sigue las evoluciones de Pas por la cocina con sus inteligentes ojos negros, desde su privilegiada y oculta situación encima del armario.
«Funcionó», piensa, «ha funcionado». Absorto en la escena que se desarrolla ante sus ojos no oye acercarse las pisadas diminutas y furtivas de sus dos hijos y su mujer.
—¿Habéis visto? Ha funcionado.
—Sí, papá, sí, ha funcionado —la voz del pequeño ratón se llena de ironía—. Antes solo teníamos cuatro y el perro, y ahora mira qué ejército.
—No pasa nada, hijo. Está todo previsto. Antes o después querrán tomar un café.

©Gabriel Martín
Agosto 2008

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