Querido Pablo:
Sé, sin ninguna duda, que no te llegarán estas letras. Esta cruel certeza no me resta un ápice de entusiasmo en mi intención de intentarlo.
Mañana echaré esta carta, como tantas otras, al atestado buzón de correos, con la vana esperanza de que algún día las autoridades decidan abrir la mano en lo respectivo a las comunicaciones con nuestra amada tierra. Este aislamiento absurdo se mantiene ya por demasiado tiempo. Yo, por mi parte, no desisto porque, como supondrás, sigo siendo la misma cabezota de siempre. Es demasiado tarde para cambiar.
Sin embargo, el ostracismo al que os veis sometidos no es efectivo en ambos sentidos. El éxodo de nuestra gente se sigue produciendo como un goteo lento e interminable. Algunos llegan en un estado realmente deplorable que hace que se me encoja el corazón. Llegan desde todos los rincones de nuestra patria, desconcertados y exhaustos, pero con un inconfundible brillo de esperanza en los ojos. Cada vez que advierto ese fulgor en sus miradas, no puedo evitar sentir una terrible congoja al recordar esa misma luz en mis pupilas, cuando me vi obligada a emprender, hace ya tantos años, su mismo viaje.
El anhelo de libertad es un poderoso combustible, Pablo; tú lo sabes. Con todo, administrar sin ti esta libertad de la que ahora dispongo se me está haciendo largo y terrible. No quiero con esto criticar la vida acá fuera. Sería injusto y desagradecido con esta nueva tierra acogedora y cálida. Solo es que, invariablemente, cada mañana, sin poder evitarlo, se me instala en el pecho una nostalgia insoportable.
Con cada nuevo desembarco de recién llegados, suelo acercarme al muelle para buscar entre sus rostros rasgos conocidos, por si alguno pudiera darme nuevas de ti. Ayer, al fin, tras fijarme con detenimiento, reconocí en un hombre alto y delgado a Simón, nuestro antiguo y querido vecino. ¡Dios mío! Observar sus arrugas y la multitud de canas que ahora pueblan su cabeza me hizo ser consciente de todo el tiempo transcurrido. Él, en cambio, me reconoció de inmediato. Se le llenaron los ojos de lágrimas y nos fundimos en un interminable abrazo.
—No has cambiado nada —me dijo, emocionado.
Por supuesto, es cierto: no he cambiado nada. Simón estaba enormemente aliviado y agradecido por encontrar una cara amiga. El instante del desembarco puede llegar a ser un momento de soledad terrible, Pablo; mi presencia lo tranquilizó y lo animó. Ahora le estoy ayudando a instalarse y espero que, con mi apoyo, su adaptación sea más fácil de lo que fue la mía. Le irá bien aquí.
Sé por él de tu absoluta soledad desde mi marcha y del abatimiento crónico en que te has sumido en los últimos tiempos. Creo que habría preferido no saberlo. Me duele imaginarte aún más solo desde la partida de Simón.
Me ha contado que cada vez hablas con mayor frecuencia de salir de allí, de reunirte conmigo. Me ha dicho que estás casi decidido, y me cuesta creerlo, Pablo: a ti siempre te dio terror el viaje. No quiero que lo hagas. Aún no. No soportaría que pudiera perderte para siempre en la travesía. He visto los rostros desencajados y pálidos de los que esperaban impacientes al recibir la noticia de que aquellos a quienes aguardaban no lo habían conseguido. No quiero pasar por eso.
Deja actuar al tiempo, Pablo; solo te pido eso: un poco más de paciencia. Yo la tendré también. Existo solo para el día en que el rostro que vea descender al muelle sea tu rostro, los brazos que me abracen sean tus brazos y estemos, al fin, juntos de nuevo. Rezo hasta la extenuación por ello.
Así, tal vez, juntos como siempre quisimos, el tiempo no parezca estirarse hasta el infinito para hacer de los días una espera interminable, y esta eternidad en que te espero sea, al fin, algo más corta.
Tuya siempre,
Alicia.
©Gabriel Martín
Noviembre 2008
No hay comentarios:
Publicar un comentario