domingo, 28 de diciembre de 2025

Animalía


Ocultaba un sombrío secreto desde sus primeros meses de vidad: una terrible maldición que lo atrapaba y de la que era incapaz de liberarse. 

Solo su madre conocía y aceptaba su verdadera naturaleza. De no haber sido así, habría sido imposible que saliera adelante en aquellos primeros días —lejanos ya— en que todavía no podía valerse por sí mismo. Ella fue la primera en notar el problema, pero decidió ocultarlo de todos mientras duraran los cambios. No era tan difícil. Así, tal vez, su pequeño pudiera llevar una vida normal.

Creció como uno más e incluso se acostumbró a convivir con aquella extraña condición.

Invariablemente, todas las noches de luna llena, cuando el primer rayo del indiferente satélite rozaba una mínima parte de su cuerpo, comenzaba la transformación.

Cada vez que esto ocurría, debía correr para ocultarse de los ojos de los otros, para que ninguno lo viera. No podía permitir que lo supieran. No debían imaginar nunca que él era distinto.

Sin embargo, aquella noche no tuvo tiempo de esconderse. Cuando comenzó la transfiguración, la dolorosa punzada en el estómago —esta vez incluso más fuerte que otras— lo dejó paralizado y lo derribó.

Los demás se acercaron despacio —curiosos y precavidos— y formaron un círculo a su alrededor. Todos y cada uno de ellos estaban allí: sus más viejos amigos, su familia, sus compañeros de juegos. Ante la vista de todos, completó su horrible metamorfosis.

El temor se adueñó de todos los que lo observaban. Convencidos ya de que aquel extraño ser —tan diferente— que yacía desnudo en medio de ellos, no podía ser sino una amenaza, reaccionaron por instinto.

La primera dentellada le produjo un dolor desgarrador en el brazo. Luego el líder saltó sobre su espalda, cerrando con fuerza las mandíbulas sobre el hombro. Esa fue la señal: el resto de la manada se abalanzó contra él, arañando, mordiendo, rasgando, hasta que su cuerpo fue un triste guiñapo.

Todos colaboraron. Todos, excepto una triste loba gris, que, apartada del grupo, se preguntaba por qué aquel precioso cachorro que fue la alegría de sus días tuvo que nacer con la penosa maldición de convertirse en hombre al aparecer en el cielo la luna llena.

Cuando la manada se cansó de ensañarse con el cadaver del cachorro, ella, tiernamente, lo olisqueó y lamió sus multiples heridas. Luego, durante toda la noche, aulló a la impasible y redonda luna toda su pena y toda su rabia.

Publicado por primera vez en ocurre-bitacora.com, 
en agosto del 2006

domingo, 21 de diciembre de 2025

A tientas


El olor a melocotón del gel de baño de Eva no inundó la habitación como todas las noches, ni escuché sus pasos acercándose a mi cama. No noté el calor del roce de sus labios en la mejilla, ni su mano acariciando mi cabeza. Las mías —mis manos— no exploraron su rostro, ni se detuvieron en la comisura de la boca, donde nacía su sonrisa. Tampoco me arropó, así que no sentí el tacto de las sábanas en mi barbilla, ni susurró en mi oído «hasta mañana».  No pude pedirle que no se fuera aún, que me contara un cuento. Ella no pudo negarse diciendo que ya era grande y que mi padre la esperaba en el salón para ver la película.

Sus pasos no se alejaron hacia el umbral, deteniéndose para recoger la ropa y los juguetes tirados por el cuarto. El sonido del beso que siempre me lanzaba antes de salir no se impuso sobre el soniquete confuso de la televisión, y nadie cerró la puerta, porque nadie la había abierto.

Por eso, el llanto de mi padre llegó ahogado y débil desde el final del pasillo. Por eso, al empezar a caminar a tientas para averiguar qué pasaba, tropecé con los juguetes y la ropa que nadie había recogido. Desde el suelo, lloré y llamé a mi madre, que no me escuchó. Ni esa noche ni ninguna otra noche.

Cuando años más tarde, días después de la operación, me retiraron la venda y viajé de la oscuridad hacia la luz, mis ojos descubrieron, esperándome, la cara ilusionada y nerviosa de mi padre. Sostenía entre las manos una vieja fotografía. Pude ver a mi madre por primera vez tal y como mis manos siempre la habían imaginado.

El aire de la habitación de hospital se llenó de un dulce aroma a melocotón.


©Gabriel Martín
(5/11/2025)

Escrito para "Tinta y Sal"

sábado, 13 de diciembre de 2025

Plástico y barro

 Los pequeños dedos de Jorge agarraron al niño por la cabeza y lo sacaron de su cuna sin ningún cuidado. Como resultado, el niño acabó en el suelo del salón, con los dos brazos separados del cuerpo y la cabeza, empeñada en huir de la bolsa de basura que se adivinaba en su futuro, escondiéndose asustada debajo del sofá.

Este desafortunado suceso fue el comienzo del desastre.

Todos pudimos oír los gritos de mamá a Jorge, y cómo este aseguraba, enrabietado, que él no había sido. En realidad, eso ya importaba poco: el daño estaba hecho.

Los demás se miraban unos a otros, desconcertados y expectantes. En la cara de Herodes, al que podía ver sin problemas desde mi posición, me pareció advertir una sádica expresión de triunfo; José, María, la mula y el buey aparentaban ser los únicos más apenados que sorprendidos —el roce hace el cariño, ya se sabe—. Yo, por mi parte, no creo que vaya a echar mucho de menos al crío. A fin de cuentas, no aportaba gran cosa en las reuniones nocturnas en la plaza del pueblo a las que me gusta asistir, aun sin ser invitado, como testigo escurridizo y mudo.

Añoraré esas fiestas, bajo la tenaz intermitencia roja, verde y azul como única luz de nuestro mundo, una vez apagados los tres soles del techo.

La discusión entre mamá y Jorge se saldó con este castigado en su cuarto, los tres trozos encontrados del niño Jesús en el cubo de material no reciclable y mamá saliendo a toda prisa a la calle, a la búsqueda desesperada de un repuesto.

Esta noche es la gran noche, y, como es sabido, no puede haber un belén sin niño.

Algunos pastores, acompañados por sus ovejas, se acercaron solidarios a consolar de su pérdida a la Sagrada Familia, que acababa de quedarse sin el porqué mismo de su santidad. En la plaza, un ángel anunciador se dedicaba a soliviantar los ánimos contra mamá, explicando que si ella hubiese querido podría haber usado el superglue, que con él funcionó a la perfección cuando se le partió el ala izquierda y que era mano de santo. Un burro le recordó que mamá no había encontrado la cabeza y que dónde se había visto poner una figura descabezada, pero el ángel no hizo caso y siguió con su discurso incendiario.

En estas estábamos cuando regresó mamá con un nuevo habitante para nuestro poblado: un niño Jesús, rechoncho y precioso, un querubín con dos mofletes redondos y sonrosados como fresones, una figura hermosa, sí. Hermosa, pero de plástico.

Mamá dejó al recién llegado en su cuna y se fue a la cocina a preparar la cena.

Entonces empezaron las discusiones. Los Reyes Magos insistieron en que jamás, por nada del mundo, se rebajarían a adorar a aquel engendro químico derivado del petróleo, que ellos eran de barro, de barro del bueno, como debía de ser, y que bastante tenían ya con tener que aguantar a las ovejas, a Herodes y a otras figuras de segunda como para tener que postrarse ante aquel advenedizo. María y José, afectados aún por el dolor de su tragedia, se mostraron inflexibles: aquella burda y blanda imitación no sería reconocida como su hijo. Las lavanderas, de plástico, no se callaron: que si estaban hartas de ser tratadas como figuras de tercera fila solo por ser de otro material, que si qué se habían creído los de barro, que si ya estaba bien, que por qué el niño no iba a ser como ellas.

Otros se unieron a las lavanderas y algunos más hicieron piña alrededor de los Reyes. Después de los reproches llegaron los insultos y más tarde algunos empujones. Creo recordar que el primer golpe lo dio un legionario. Luego no hubo quien lo parase.

No ha quedado ni una casa en pie, hay arena esparcida por todo el salón, los corchos de las montañas se han derrumbado, la cascada se ha salido de su cauce, las luces se han mojado y ya no funcionan.

Como era de esperar, han ganado los de plástico, aguantan más.

Lo peor es ver, desde mi escondite debajo de un corcho y protegido por una cortina de musgo, los restos mutilados de los que eran como yo. Aunque no pueda decir que lo sienta demasiado, al fin y al cabo, ellos, los perdedores, tampoco me quisieron nunca a su lado. Están revolviéndolo todo, me buscan a mí, sin duda: saben que soy el último.

Solo puedo rezar para que no me encuentren. Hasta ahora he podido evitarlo. Soy bueno en eso, es lo que tiene estar siempre escondido. Con el tiempo uno se acostumbra a vivir así, agachado, oculto, furtivo, y cagando.

©Gabriel Martín

06-01-2009

Escrito originalmente para el foro literario Prosófagos

sábado, 6 de diciembre de 2025

Cambio de planes

Hace unas semanas me llevé la alegría de ser finalista en la convocatoria anual de "Esta noche te cuento", con un microrelato titulado Cambio de planes, lo que implica ya la publicación en la recopilación final.

Cambio de planes

Espero que os guste.