domingo, 22 de febrero de 2026

La Resabida Historia del Árbol y el Junco

El gran árbol y el flexible junco se habían visto nacer el uno al otro. 

Desde que germinaron sus respectivas semillas en la loma de aquella colina prácticamente yerma —completamente yerma se podría decir, si no fuese por aquel incipiente árbol y aquel joven junco— no habían gozado de más compañía que la que podían proporcionarse el uno al otro, y la ocasional visita de algún ave migratoria cansada y despistada. 

Dirán los doctos y documentados que es realmente extraordinario encontrar un junco así, solo y aislado. Bien, es posible: yo no soy docto ni documentado y me limito a transmitir la historia tal cual me la contaron. Nunca se me ocurrió fijarme en ese dato, de igual manera que nunca cuestioné que pudiera existir la amistad entre un árbol y un junco. 

Porque eso es lo que me contaron que ocurrió, que juntos soportaron granizos y tormentas, mañanas de sol abrasadoras, heladas y aguaceros; y que todo eso los hizo amigos. 

Amigos, con toda la fuerza que arrastra esa palabra cuando es verdadera.

Solo se distanciaban —si es que dos plantas pudieran distanciarse— cuando se enzarzaban en eternas discusiones sobre si era más adecuada la táctica de uno o de otro para enfrentarse a los fuertes vientos que con frecuencia asolaban su triste colina. 

Paradójicamente firme en sus convicciones, el junco defendía la necesidad de plegarse ante el viento, de dejarlo pasar, de tumbarse, si era necesario. Por el contrario, el árbol se empeñaba en que no habría nunca viento que pudiera con sus sólidas raíces, y proclamaba orgulloso ante el junco y ante las aves que a veces acudían divertidas a escucharlo, que prefería morir de pie que vivir siempre arrodillado —él defendía la autoría de esa frase, aunque una insistente garza africana le rebatía afirmando haberla leído en camisetas de seres humanos—.

Cuando discutían por aquellas cuestiones, el árbol solía llamar al junco «ramita escuálida», a lo que el junco acostumbraba a responder llamándolo «alcornoque». Las hostilidades podían entonces enconarse, hasta llegar a dejar de hablarse días enteros.

En la tercera noche desde que empezara uno de esos periodos de amargo desencuentro, sopló un viento descomunal, como nunca ninguno de los dos había visto. El junco bailó al son del vendaval, plegándose a sus exigencias. El árbol, apretando firmes sus ramas y sus raíces, se encaró contra aquella furia desbocada.

Se hizo la oscuridad, ocultando a cada uno la lucha del otro.

A la mañana siguiente, el junco se alzó, sacudido y conmocionado, pero vivo. A su lado descubrió un gran agujero negro, justo en donde antes el árbol aposentaba sus raíces. Más lejos, al pie de la colina, contempló, tendido, el tronco mutilado del árbol.

Sois libres de pensar que esta es la historia de siempre, con la acostumbrada moraleja de ser flexible como el junco y adaptarse a los vientos. Yo también lo pensaría si no fuese porque sé que el junco deseó no haber tenido razón; que ni por un instante sintió el orgullo de que se hubiesen demostrado sus teorías; que solo lo embargó una inmensa pena cuando vio el nudoso cuerpo de su amigo en el suelo; que se adueñó de él la sensación de soledad más absoluta que se pueda sentir; y que, desde ese momento, suplicó para que volviera a alzarse un huracán que lo llevara al lado del único amigo que conoció. 

En realidad, el junco nunca fue arrancado por un golpe de viento. Pereció aplastado, víctima de las innumerables patas de un rebaño trashumante a su paso por la solitaria colina. 

Hay quien dice que al árbol nunca le habría pasado esto.

Os preguntaréis entonces dónde está la moraleja de esta historia. No lo sé, buscadla vosotros mismos, porque yo la desconozco. Puede que no oculte ninguna enseñanza, o, tal vez, puede que oculte muchas. 

En realidad, a mí nunca me gustaron las historias con moraleja.

©Gabriel Martín

Marzo 2006

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