domingo, 26 de abril de 2026

Hilos

Primer premio en el III Concurso "Antonio de Guevara" , en Valdáliga


Esa tarde actuábamos en Valdáliga, en Treceño. Me lo dijo Jorge mientras conducía de camino hacia allí. Lo hacía, como siempre, por carreteras secundarias. «Es mejor ir por aquí. Si total, con la furgoneta no podemos pasar de cien», decía. A él, claro, no le afectaban igual ni los baches ni el traqueteo de la parte de atrás.

Estaba siendo una temporada ajetreada. Jorge había dado con la tecla. Por fin aceptó que no servíamos para fiestas ni grandes espectáculos y decidió refugiarse en un ámbito más reducido: cuentacuentos y animación a la lectura. Yo lo agradecí. El público de las bibliotecas y las casas de cultura tiene mucha menos tendencia al insulto. Casi siempre.

«Encuentados de conocerte»: así se llamaba el montaje que se dedicó a ofrecer a todos los ayuntamientos, bibliotecas y colegios de la región. «Un éxito», me dijo, «lo estamos petando». El éxito consistía en seis representaciones durante todo el curso. La de ese día era la segunda, así que todavía no teníamos dominado el texto y Jorge, mucho más inseguro que yo, se empeñaba en repasarlo una y otra vez. «¡Hola, chicos! Pasad, pasad, no tengáis miedo…», empezaba la función. Él acompañaba las palabras con movimientos exagerados de sus manos, soltando el volante más de lo prudente. Sin embargo, llegamos sin contratiempos.

La actuación era en la biblioteca, junto a la iglesia, en un pequeño patio a la entrada, demasiado cerca de la carretera para el gusto de Jorge. Aparcó lo más cerca que pudo y empezamos con la descarga del material y el montaje del escenario. Cuando llegaron de la junta vecinal para las presentaciones, una vez más, me tocó llevar la voz cantante. Él es bueno para la organización, las ideas, los guiones y el papeleo, pero cuando se trata de hablar, de las relaciones públicas, siempre me toca a mí cargar con el muerto. Tengo todas las tablas y la labia que a él le faltan. «En el reparto salí mal parado», dice siempre, «yo me llevé la inteligencia y el talento, pero tú pillaste el pico de oro. Y eso hoy en día vale más que todo lo demás». Por eso, él prefiere quedarse siempre callado en un segundo plano, aunque la verdad es que lo único que consigue es que la gente le mire como si fuera imbécil. Esta vez no fue distinto. «¡Qué haría yo sin ti!», me dijo cuando se alejaron cuchicheando entre sí el concejal y la bibliotecaria. «Mimo, idiota, no te quedaría otra que ser mimo», le contesté. Él bajó la cabeza y se frotó nervioso la palma de la mano izquierda contra los pantalones.

De todas formas, yo había conseguido coordinarlo todo con ellos. Comenzaríamos en media hora. Con todo preparado, Jorge se empeñó en que nos daba tiempo a tomar un café y nos acercamos a un bar, unos metros más adelante en la carretera. Ese «tomar un café» significaba en realidad meterse un chupito de orujo de hierbas. Lo necesitaba siempre antes de actuar y, una vez más, me tocó pedirlo a mí.

«Aquí no servimos a niños», me dijo el camarero, socarrón. «Es para él, hombre. Yo no bebo, ¿qué te piensas?», contesté. «Que tampoco me gusta servir a raritos», replicó. «¿Y entonces todos estos?», dije, señalando a los parroquianos.

Me la jugué, lo reconozco. La cara de Jorge era un poema. Se le pasó por la cabeza salir corriendo y dejarme tirado. Sin embargo, tras cinco segundos de silencio, todos estallaron en una tremenda carcajada. «Lo has vuelto a hacer, eh. Un día vas a conseguir que nos maten», me susurró aliviado.

Cuando volvimos a la biblioteca, veinte o treinta niños con sus padres y madres rodeaban ya el escenario. A Jorge, como de costumbre, se le mudó la cara y se puso pálido. Aun así, avanzó hasta su lugar tras las telas. Me tocaba comenzar, así que, una vez en mi sitio en el proscenio, declamé la primera frase: «¡Hola, chicos! Pasad, pasad, no tengáis miedo. Bienvenidos al planeta de los cuentos». Yo le había dicho más de una vez a Jorge que empezar con esa frase cuando ya estaban sentados era una estupidez, pero el genio creativo era él. «¡Si ya estamos aquí!». La voz del niño rubio de la primera fila se alzó por encima del sonido de los coches, provocando las risas y el griterío de todos los demás. Supe lo que iba a pasar nada más escucharle. Ya había sucedido otras veces: mi boca dejó de moverse, las palabras no quisieron salir. Sentí mi cuerpo inmóvil, inútil. Mis piernas dejaron de sostenerme y me desplomé. Desde el suelo pude ver a Jorge, presa del enésimo ataque de pánico: su rostro casi transparente, sudoroso; su boca se abría y cerraba sin emitir sonido alguno; sus brazos y sus piernas tampoco le respondían. Las crucetas que hasta ese momento me habían mantenido en pie escaparon de sus manos y cayeron sobre mi cabeza enredadas con los hilos. Él también se derrumbó.

Se portaron muy bien. Lo llevaron al bar y lo atendieron hasta que se recuperó. Incluso a mí me llevaron con él. Cuando fue capaz de articular palabra, les di las gracias a todos. De reojo, en la pared, al lado del cartel que anunciaba nuestra actuación, Jorge descubrió la convocatoria de un concurso de relatos. Pensó que presentarse sería una buena forma de agradecer la ayuda y explicar lo ocurrido. Me gustaría decir que Jorge ha mejorado desde entonces, pero no estoy seguro. Siempre ha tenido que hablar a través de mí. Ahora también lo hace por escrito.

©Gabriel Martín

Marzo, 2026

domingo, 12 de abril de 2026

On ulveve

 ¡Buenas noticias! 

El relato On ulveve ha sido seleccionado en la convocatoria sobre el Desorden de Esta noche te cuento

Pasa a la final del 2026 y al libro recopilatorio.




domingo, 5 de abril de 2026

Carta de Alicia

 Querido Pablo:

Sé, sin ninguna duda, que no te llegarán estas letras. Esta cruel certeza no me resta un ápice de entusiasmo en mi intención de intentarlo.  

Mañana echaré esta carta, como tantas otras, al atestado buzón de correos, con la vana esperanza de que algún día las autoridades decidan abrir la mano en lo respectivo a las comunicaciones con nuestra amada tierra. Este aislamiento absurdo se mantiene ya por demasiado tiempo. Yo, por mi parte, no desisto porque, como supondrás, sigo siendo la misma cabezota de siempre. Es demasiado tarde para cambiar.

Sin embargo, el ostracismo al que os veis sometidos no es efectivo en ambos sentidos. El éxodo de nuestra gente se sigue produciendo como un goteo lento e interminable. Algunos llegan en un estado realmente deplorable que hace que se me encoja el corazón. Llegan desde todos los rincones de nuestra patria, desconcertados y exhaustos, pero con un inconfundible brillo de esperanza en los ojos. Cada vez que advierto ese fulgor en sus miradas, no puedo evitar sentir una terrible congoja al recordar esa misma luz en mis pupilas, cuando me vi obligada a emprender, hace ya tantos años, su mismo viaje. 

El anhelo de libertad es un poderoso combustible, Pablo; tú lo sabes. Con todo, administrar sin ti esta libertad de la que ahora dispongo se me está haciendo largo y terrible. No quiero con esto criticar la vida acá fuera. Sería injusto y desagradecido con esta nueva tierra acogedora y cálida. Solo es que, invariablemente, cada mañana, sin poder evitarlo, se me instala en el pecho una nostalgia insoportable.

Con cada nuevo desembarco de recién llegados, suelo acercarme al muelle para buscar entre sus rostros rasgos conocidos, por si alguno pudiera darme nuevas de ti. Ayer, al fin, tras fijarme con detenimiento, reconocí en un hombre alto y delgado a Simón, nuestro antiguo y querido vecino. ¡Dios mío! Observar sus arrugas y la multitud de canas que ahora pueblan su cabeza me hizo ser consciente de todo el tiempo transcurrido. Él, en cambio, me reconoció de inmediato. Se le llenaron los ojos de lágrimas y nos fundimos en un interminable abrazo. 

—No has cambiado nada —me dijo, emocionado. 

Por supuesto, es cierto: no he cambiado nada. Simón estaba enormemente aliviado y agradecido por encontrar una cara amiga. El instante del desembarco puede llegar a ser un momento de soledad terrible, Pablo; mi presencia lo tranquilizó y lo animó. Ahora le estoy ayudando a instalarse y espero que, con mi apoyo, su adaptación sea más fácil de lo que fue la mía. Le irá bien aquí.

Sé por él de tu absoluta soledad desde mi marcha y del abatimiento crónico en que te has sumido en los últimos tiempos. Creo que habría preferido no saberlo. Me duele imaginarte aún más solo desde la partida de Simón. 

Me ha contado que cada vez hablas con mayor frecuencia de salir de allí, de reunirte conmigo. Me ha dicho que estás casi decidido, y me cuesta creerlo, Pablo: a ti siempre te dio terror el viaje. No quiero que lo hagas. Aún no. No soportaría que pudiera perderte para siempre en la travesía. He visto los rostros desencajados y pálidos de los que esperaban impacientes al recibir la noticia de que aquellos a quienes aguardaban no lo habían conseguido. No quiero pasar por eso.

Deja actuar al tiempo, Pablo; solo te pido eso: un poco más de paciencia. Yo la tendré también. Existo solo para el día en que el rostro que vea descender al muelle sea tu rostro, los brazos que me abracen sean tus brazos y estemos, al fin, juntos de nuevo. Rezo hasta la extenuación por ello. 

Así, tal vez, juntos como siempre quisimos, el tiempo no parezca estirarse hasta el infinito para hacer de los días una espera interminable, y esta eternidad en que te espero sea, al fin, algo más corta.

Tuya siempre,

Alicia.

©Gabriel Martín

Noviembre 2008


domingo, 22 de marzo de 2026

Mutis

 —Viajarás esta noche y no habrá luna —dirá el anciano del espejo—. Viajarás esta noche, te digo: la oscuridad será tu compañera.

Aguardaré a que continúe, pero no lo hará. El vaho del agua caliente en el lavabo empañará el cristal y convertirá mi reflejo en un fantasma informe. A él le hablaré:

—Vagarás como espectro desvaído, atravesando nieblas fronterizas. Tu cuerpo, que ya no será tu cuerpo, buscará el inevitable camino hacia el embarcadero de Caronte. 

Nuevo silencio. Mi imagen será ya solo una mancha. Frotaré con la palma de mi mano y abriré un círculo por el que se asomará mi propio rostro, que me interrogará:

—¿Correrás, tal vez? ¿Volarás, quizás? ¡Quién sabe de qué serás capaz, libre ya de tus músculos y huesos! Fugitivo de esta prisión de carne inútil.

En esta última frase me alejaré del lavabo y el espejo —como marca el guion—. Impostaré la voz como antaño, como cuando era la mayor promesa de la escena nacional y no el actor viejo y olvidado que ahora soy, malviviendo del horrible teatro de vanguardia. Avanzaré hacia el proscenio a duras penas, sosteniendo en mi mano derecha la navaja de afeitar. Se oirán toses nerviosas desde el fondo de la sala.

—Viajarás esta noche, insisto, y este será el afilado billete de tu viaje de ida sin retorno —declamaré, y alzaré la hoja, que refulgirá bajo la luz de los focos.

Alguien se sonará los mocos: aún será diciembre. Al fondo, en las últimas filas, sonará un móvil —siempre suena— y habrá carraspeos inquietos —los hay en cada función—. Se oirán también algunas risas mal disimuladas. Ocuparé el centro del escenario. Hasta ahí seguiré el libreto.

—¡Viajarás esta noche, sí! (susurrando) Huirás así de la soledad, de tanto fracaso y tanta vergüenza. Volverás a la gloria que una vez te inundó.

Más risas. Más carraspeos. Un estornudo, quizás. Volverá a sonar el móvil. Pausa dramática. Miraré desolado a izquierda y derecha recorriendo el auditorio semivacío. 

—¡Viajarás esta noche! (crescendo) Te elevarás por encima de esta porquería de obra, quedarán atrás estos paletos ignorantes. Dirás adiós al fatuo director, al pretencioso guionista, (fuerte) a los estúpidos críticos.  

Entre bambalinas, el apuntador se dirigirá alucinado al encargado de atrezo, que a su vez le mirará asustado. «No está en el guion, las últimas frases no vienen…», dirá el uno, «¿qué lleva en la mano, joder? Se ha dejado esto aquí», contestará el otro mientras le enseña una navaja de plástico.

—¡Viajarás esta noche! (gritando, con rabia) ¡Subirás tan alto como nunca estuviste! Llegarás por fin donde siempre has merecido… (fortísimo, hasta el climax) ¡y vosotros os quedaréis aquí, incultos sacos de mierda zafios y desagradecidos!

Mi voz llenará todo el teatro. Levantaré la barbilla, ofreciendo mi cuello a la navaja, y apoyaré el filo en la carótida. Apretaré despacio. La hoja probará una primera gota de sangre. 

Y entonces tal vez, solo tal vez, un tímido aplauso romperá el denso silencio del patio de butacas. Lo seguirán otros, luego otros, y después muchos más. Todo el público se pondrá en pie y me dedicará la ovación más atronadora de mis cincuenta años de profesión. La navaja caerá sobre las tablas del escenario cuando me incline para agradecer los aplausos. 

Solo tal vez.

©Gabriel Martín

Para el taller "Tinta y Sal"

Diciembre 2025


domingo, 8 de marzo de 2026

Ratones

—¡Hay que hacer algo ya! —dice el más joven e impetuoso de la pequeña familia de cuatro miembros—. Ayer mismo le dieron a mamá un susto de muerte cuando entró en la despensa a buscar galletas.
—¡Menudo grito que pegó! —comenta, divertido, el padre—. La oyeron hasta en la casa de al lado.
A la madre no le hace gracia recordar el incidente. Consiguió salir a duras penas de la despensa y ahora no es capaz de entrar en ella sin hacer antes mucho ruido para asustar a los posibles visitantes.
—No tiene ninguna gracia. Era grandísimo y asqueroso. 
La madre no puede evitar sentir un escalofrío al evocar su inesperado encuentro y se estremece. El padre la abraza, tranquilizador.
La hija mayor, que hasta el momento ha escuchado la conversación apoyada en la pared, embutida en su cotidiano disfraz de absoluta indiferencia por todo lo que pase entre los muros de aquella casa, decide salir de su mutismo voluntario por primera vez desde el comienzo de la improvisada reunión familiar.
—Yo ayer vi a otro paseando tan tranquilo por el centro del salón.
—¿Por qué no lo has contado antes? —interroga el padre.
—¿Para qué? Nunca me hacéis caso y, cuando me lo hacéis, no entendéis lo que digo. Vosotros sí que dais asco, y no esos pobres bichos.
—Ya estamos. Te voy a arrear un bofetón…
—¡Ya está bien! 
El grito, casi histérico, de la madre ha conseguido interrumpir el avance del padre hacia su hija.
—Vamos a ver —continúa, ya más tranquila—: la rebeldía preadolescente de la niña tendrá que esperar. Hay cosas mucho más urgentes. ¿Qué piensas hacer para acabar con ellos?
Todas las miradas se centran ahora expectantes en el padre, a la espera de la sabia solución del patriarca de la familia.
—Veneno. He oído que lo más efectivo es el veneno. Las trampas también van bien para estos casos, al parecer, pero son mucho más engorrosas. Así que no hay duda: será veneno. De hecho, me han hablado de uno fulminante.
Todos asienten.
Dos días después, la casa hierve de actividad. Un pequeño ejército de policías y personal sanitario pulula en aparente caos alrededor de los cuatro cadáveres sentados en la mesa de la cocina.
—La familia típica al completo, ¿eh? —Gonzalo Pas, inspector de homicidios recién llegado a la supuesta escena del crimen, se dirige con su habitual acento socarrón a Emilio Dóriga, médico forense—. Papá, mamá, Jonathan y Vanesa, ¿no? ¿No tenían perro?
Como toda respuesta, Dóriga señala un rincón de la cocina donde yace —con la lengua fuera de la boca y tan desproporcionadamente hinchada como la de sus cuatro dueños— «Coco», el fox terrier de la familia.
—Ya veo. ¿Qué coño ha pasado aquí, Dóriga?
—Pues eso tendrás que decirlo tú, colega. Para eso te pagan. Yo lo más que te puedo decir es que las cuatro tazas de desayuno tenían más estricnina que cornflakes. Ah, y el cuenco del perro lo mismo.
Gonzalo Pas se rasca desconcertado la cabeza, en la que empiezan a bullir descabelladas hipótesis y posibles soluciones. Examina a fondo los cinco cadáveres, buscando la más mínima pista que le permita elaborar una conjetura creíble. Busca, en fin, un punto de partida.
El padre, mientras tanto, sigue las evoluciones de Pas por la cocina con sus inteligentes ojos negros, desde su privilegiada y oculta situación encima del armario.
«Funcionó», piensa, «ha funcionado». Absorto en la escena que se desarrolla ante sus ojos no oye acercarse las pisadas diminutas y furtivas de sus dos hijos y su mujer.
—¿Habéis visto? Ha funcionado.
—Sí, papá, sí, ha funcionado —la voz del pequeño ratón se llena de ironía—. Antes solo teníamos cuatro y el perro, y ahora mira qué ejército.
—No pasa nada, hijo. Está todo previsto. Antes o después querrán tomar un café.

©Gabriel Martín
Agosto 2008

domingo, 1 de marzo de 2026

Esperar

Han transcurrido mil novecientos días desde que Don Javier, mi antiguo profesor de matemáticas, inició el ritual. Si vivierais en mi calle, si vuestra ventana diera a la esquina de Unamuno con Gracia, podríais describirlo igual que yo: llega diez minutos antes de la hora a la que sucedió todo, barre hasta dejar impoluto el espacio alrededor de la farola. Espera. Borra de la pequeña pizarra las marcas de tiza del día anterior. Espera. A las diez en punto, deposita un crisantemo y escribe la nueva cifra. Después, cierra los ojos, junta las manos y mueve los labios. Una oración, imagino.

Nunca ha faltado, nunca ha fallado en la cuenta. Lo sé: yo también la llevo. Lo hago desde que le vi acudir y le reconocí, al día siguiente del accidente, cuando aún no habían limpiado los restos de aceite y gasolina, cuando aún se distinguían en la acera las manchas de sangre que ella dejó. Aquella primera vez bajé por puro morbo y curiosidad. Ahora, cada día, cuando él se marcha, arrastro escalera abajo mi inconfesable y descreída envidia y tomo una fotografía de la estropeada pizarra. Hoy rezaba: 

«Estaremos juntos = Eternidad - 1.900 días».

©Gabriel Martín

Enero 2026

Inspirado en alguien

que no dejó de esperar ni un solo día.

domingo, 22 de febrero de 2026

La Resabida Historia del Árbol y el Junco

El gran árbol y el flexible junco se habían visto nacer el uno al otro. 

Desde que germinaron sus respectivas semillas en la loma de aquella colina prácticamente yerma —completamente yerma se podría decir, si no fuese por aquel incipiente árbol y aquel joven junco— no habían gozado de más compañía que la que podían proporcionarse el uno al otro, y la ocasional visita de algún ave migratoria cansada y despistada. 

Dirán los doctos y documentados que es realmente extraordinario encontrar un junco así, solo y aislado. Bien, es posible: yo no soy docto ni documentado y me limito a transmitir la historia tal cual me la contaron. Nunca se me ocurrió fijarme en ese dato, de igual manera que nunca cuestioné que pudiera existir la amistad entre un árbol y un junco. 

Porque eso es lo que me contaron que ocurrió, que juntos soportaron granizos y tormentas, mañanas de sol abrasadoras, heladas y aguaceros; y que todo eso los hizo amigos. 

Amigos, con toda la fuerza que arrastra esa palabra cuando es verdadera.

Solo se distanciaban —si es que dos plantas pudieran distanciarse— cuando se enzarzaban en eternas discusiones sobre si era más adecuada la táctica de uno o de otro para enfrentarse a los fuertes vientos que con frecuencia asolaban su triste colina. 

Paradójicamente firme en sus convicciones, el junco defendía la necesidad de plegarse ante el viento, de dejarlo pasar, de tumbarse, si era necesario. Por el contrario, el árbol se empeñaba en que no habría nunca viento que pudiera con sus sólidas raíces, y proclamaba orgulloso ante el junco y ante las aves que a veces acudían divertidas a escucharlo, que prefería morir de pie que vivir siempre arrodillado —él defendía la autoría de esa frase, aunque una insistente garza africana le rebatía afirmando haberla leído en camisetas de seres humanos—.

Cuando discutían por aquellas cuestiones, el árbol solía llamar al junco «ramita escuálida», a lo que el junco acostumbraba a responder llamándolo «alcornoque». Las hostilidades podían entonces enconarse, hasta llegar a dejar de hablarse días enteros.

En la tercera noche desde que empezara uno de esos periodos de amargo desencuentro, sopló un viento descomunal, como nunca ninguno de los dos había visto. El junco bailó al son del vendaval, plegándose a sus exigencias. El árbol, apretando firmes sus ramas y sus raíces, se encaró contra aquella furia desbocada.

Se hizo la oscuridad, ocultando a cada uno la lucha del otro.

A la mañana siguiente, el junco se alzó, sacudido y conmocionado, pero vivo. A su lado descubrió un gran agujero negro, justo en donde antes el árbol aposentaba sus raíces. Más lejos, al pie de la colina, contempló, tendido, el tronco mutilado del árbol.

Sois libres de pensar que esta es la historia de siempre, con la acostumbrada moraleja de ser flexible como el junco y adaptarse a los vientos. Yo también lo pensaría si no fuese porque sé que el junco deseó no haber tenido razón; que ni por un instante sintió el orgullo de que se hubiesen demostrado sus teorías; que solo lo embargó una inmensa pena cuando vio el nudoso cuerpo de su amigo en el suelo; que se adueñó de él la sensación de soledad más absoluta que se pueda sentir; y que, desde ese momento, suplicó para que volviera a alzarse un huracán que lo llevara al lado del único amigo que conoció. 

En realidad, el junco nunca fue arrancado por un golpe de viento. Pereció aplastado, víctima de las innumerables patas de un rebaño trashumante a su paso por la solitaria colina. 

Hay quien dice que al árbol nunca le habría pasado esto.

Os preguntaréis entonces dónde está la moraleja de esta historia. No lo sé, buscadla vosotros mismos, porque yo la desconozco. Puede que no oculte ninguna enseñanza, o, tal vez, puede que oculte muchas. 

En realidad, a mí nunca me gustaron las historias con moraleja.

©Gabriel Martín

Marzo 2006