sábado, 24 de enero de 2026

Grises

 «Tenías que estar agradecido. Sobrevivir a eso es como un milagro». Eso me decían todos. También hace tres meses, en el XXXVIII Congreso Internacional de Neurología, en Ibiza. No saben nada de dónde montar congresos los neurólogos: unas horitas de charla para justificar toda la movida y luego playita, disco y lo que surja. 

Te cuento: tremendo hotel, tremendo salón de congresos. Todo abarrotado. El doctor Méndez, en el escenario, se atusa su estupenda melena antes de empezar a hablar.

«El sujeto objeto del presente estudio…» Te traduzco: yo, el “sujeto”. 

«… sufrió un episodio de encefalitis viral…» Se me puso el cerebro como un melón. 

«… limitada principalmente al lóbulo occipital y, más en concreto, al área V4, en la región occipitotemporal ventral bilateral…» Que no fue todo, que solo un trozo. Y sí, es en serio, la región esa se llama así. 

«… provocada por el virus HSV-1…» Sigo traduciendo: me la preparó un bicho muy jodido; el mismo que te pone los labios hechos una mierda. El herpes de toda la vida, vamos, pero que cuando va para arriba la lía buena. 

«… La acromatopsia cerebral es la única secuela que le quedó al paciente, una vez recuperado, gracias a nuestra rápida intervención. Hoy le tenemos entre nosotros para contarnos su experiencia.» Lo dice como contento, el tío —Méndez, mi médico—, echándose para atrás el pelo. Una vez más, no ha dicho mi nombre. 

Hay murmullos de asombro entre el público. Se admiran porque saben que es raro, que lo normal es que estuviera frito, y de salir para adelante lo lógico es que me hubiera quedado tonto. Pero no: solo me ha dejado la acromatopsia, tan rara, tan especial, tan caso uno entre un millón, como para que me traigan aquí, de gratis, a contar mis mierdas a todos estos cerebritos. A explicar, de nuevo, lo que me pasa.

Me aplauden. Me aplauden sin que haga nada; solo por levantarme. O igual es por soportar todas las pruebas que me han hecho desde entonces. O por aguantar estar ahí, una porquería más, por mucho que sea Ibiza.

Me dirijo al estrado con la cabeza gacha. Veo mis zapatos grises avanzar sobre la alfombra gris. Me llevan a unas horas antes, a la playa: a la imagen de mis pies caminando hacia la orilla sobre el gris de la arena, hasta entrar en el gris del agua, y contemplar el gris del horizonte bajo el cielo gris. Veo también el regreso al hotel, atravesando un mar de toallas grises, sombrillas grises y gestos grises. 

Tan grises como los rostros de los asistentes. Los veo desde el atril. Me miran como se mira a un bicho raro, a una cobaya. No logro empezar a hablar. Hay carraspeos incómodos, algunos se revuelven en los asientos. Pienso en el martes que viene, en la próxima sesión de escáner, en las siguientes pruebas, programadas para el jueves. Solo me decido cuando Méndez me palmea impaciente en la espalda. 

—Se acabó —digo, y espero a que muera el pitido del micrófono—. Lo siento: esta mañana han vuelto los colores.

Por un instante creo que ha funcionado, cuando la sala se llena de voces que mezclan sorpresa y decepción.

Luego, veo el rostro crispado, escéptico y ceniciento de Méndez y sé que no va a dejar escapar la presa. Aprieta firme su mano en mi hombro. Desde fuera, puede parecer que me felicita.

Solo yo le escucho: «Maldito cabrón. Tenías que estar agradecido.»

©Gabriel Martín

(24/10/25)

domingo, 18 de enero de 2026

El monstruo del armario

Papá dice que no hay nada en el armario, que todo está en mi cabeza, que tengo demasiada imaginación y que debo empezar a portarme como un hombrecito, que ya voy teniendo edad.

Papá debe tener razón, porque es el papá más bueno del mundo.

Pero el caso es que yo no consigo no sentir miedo, y por mucho que me repito que los ruidos que oigo me los estoy inventando yo, no puedo evitar que me empiece a entrar un vacío en la tripa que hasta ganas de mear se me ponen del puro miedo que paso, y eso es peor aún porque soy incapaz de levantarme al baño, porque está todo oscurísimo, y me lo acabo haciendo encima, y entonces empiezo a llamar a papá y a mamá a gritos, porque me he meado encima y porque no soporto estar a oscuras. 

Pero casi todas las noches lo que acabo consiguiendo es que en lugar de papá el que acabe apareciendo sea el monstruo del armario; y sale hecho una furia, que aunque nunca he conseguido verle bien del todo tiene hasta los ojos así como rojos; y me coge del pelo y me zarandea la cabeza para un lado y otro lado; y me dice que me calle; y me aprieta muy fuerte del brazo, que a la mañana siguiente tengo moratones y todo; y me tira contra la pared; y yo no hago más que llorar como una nena; y el monstruo que solo me repite que me calle de una puta vez con una voz muy fuerte que me asusta más todavía; y entonces, algunas noches, acaba viniendo mamá, pero es peor, porque el monstruo del armario es mucho más fuerte que ella y también la pega, y ella acaba llorando casi tanto como yo. 

Si el que viniese fuese papá se iba a enterar el monstruo, pero papá nunca viene por las noches, porque duerme muy profundo, y por la mañana dice que eso son solo imaginaciones mías y que deje de decir tonterías. 

Cuando le digo a mamá que se lo diga ella, mamá se calla y parece como que quisiese llorar, pero no llora, y solo me acaricia la cabeza como diciendo que no invente cosas y como dándole la razón a papá. No sé por qué no se lo cuenta. 

Yo sé que una noche de estas, cuando venga el monstruo, papá me oirá, vendrá a la habitación y lo vencerá, porque papá es tan fuerte como él, y es el único que puede echar para siempre al monstruo de mi armario. 

Papá es el papá más bueno del mundo.

©Gabriel Martín

Agosto 2006

domingo, 11 de enero de 2026

 Otra pequeña satisfacción: "Let it be", ha sido uno de los relatos mencionados en la última convocatoria del 2025 de Esta noche te cuento, bajo la temática de blanco y negro, y pasa a la repesca de finde año.Muy contento de estar en esa lista, teniendo en cuenta el nivel que hay.

Lo podéis leer en este enlace: Let it be

domingo, 4 de enero de 2026

Un último poema

 —Es tarde —dice el poeta—. Tal vez sea hora de que enciendas las luces.

—Llevan una hora encendidas, señor —contesta la sirvienta.

La muchacha sigue con sus quehaceres sin prestarle demasiada atención. Él mueve la cabeza persiguiendo los movimientos de ella por el salón, intuyendo su localización por los inevitables ruidos del continuo trajín. 

Mientras, más allá del territorio fronterizo formado por los ojos muertos del poeta, brotan de la tierra aún fértil de su imaginación siembras de versos que esperan la vendimia de una voz que los lance al aire. La vendimia no llega. Los versos pues, en escasos segundos, se marchitan y mueren.

La muchacha termina de ahuecar los cojines del sofá.

—¿Hoy no me dice versos el señor?

—No. Hoy no —contesta despacio, con un cansancio oscuro e impenetrable—. Hoy son solo para mí.

—Se me está volviendo un triste, señor —reprocha ella llenando su voz de cascabeles—. Anímese, que está llegando la primavera.

—No. La primavera se me va. Como tú. 

Es difícil saber la profundidad de la tristeza que arrastran esas últimas palabras. Un agujero, una grieta, una sima, un abismo. Demasiada tristeza para que la soporten solo dos pequeñas palabras de tan escasas sílabas «como tú». Por eso, a la altura de la eme, la voz se le quiebra en un pequeño sollozo que intenta ocultar. Ella finge no darse cuenta de nada.

—Ya estamos otra vez —dice ella, simulando un enfado que no siente—. Otra vendrá y no se acordará de mí. Ya lo verá.

—Sí, es posible —dice él, aparentando una entereza que no tiene—. Vete ahora. Si debes irte es mejor que sea cuanto antes.

A ella le duele cada sílaba de aquellas palabras, y piensa en renunciar a todo y quedarse con él, tal vez un día más, una semana, un mes, un año… Piensa en seguir siendo la luz delante de sus ojos clausurados y la espita que abre sus versos más allá de aquellos velos, pero ya se ha entretenido demasiado. Las reglas que la guían son tan viejas como el mismo mundo.

—Podría quedarme un rato más, señor, tal vez un último soneto.

Y se acerca a él, y, apoyada en su hombro, roza con sus ancianos labios el oído inquieto del poeta. Y susurra. Y sus susurros llevan el viento y el mar hasta la triste habitación, y son el aire frío que corona las montañas, y son el cielo y el infierno ardiendo al mismo tiempo. Y son el sol y son la lluvia. Y él se estremece y, una vez más —quizá la última—, abre los labios y comienza a recitar. Sus palabras llenan el aire del sabor salado de la espuma engarzada en las olas que se enfrentan al viento, cabalgando en el lomo de sus versos.

 Cuando todo termina, él, agotado y satisfecho, vuelve su mirada inútil al rincón de la habitación.

—¿Lo has anotado todo? —pregunta, ansioso.

—Como siempre, señor —responde el joven—. Es maravilloso. Desde el primero hasta el último verso.

—Sí, lo es —afirma el poeta—. Pásalo a limpio, por favor. Y mañana llamas a mi editor, le mandas todo el material y le dices que hemos terminado. Este ha sido el último poema.

—¿El último, señor?

—Sí. Ella se ha ido ya.

—¿Ella? ¿Quién, señor?

—No importa. Vete ahora.

Mientras el joven recoge sus cosas y apaga las luces, ve cómo en los límites de los lagos de agua estancada que son los ojos del poeta brotan, apenas perceptibles, dos pequeños ríos de tristeza.

©Gabriel Martín

Marzo 2007

domingo, 28 de diciembre de 2025

Animalía


Ocultaba un sombrío secreto desde sus primeros meses de vidad: una terrible maldición que lo atrapaba y de la que era incapaz de liberarse. 

Solo su madre conocía y aceptaba su verdadera naturaleza. De no haber sido así, habría sido imposible que saliera adelante en aquellos primeros días —lejanos ya— en que todavía no podía valerse por sí mismo. Ella fue la primera en notar el problema, pero decidió ocultarlo de todos mientras duraran los cambios. No era tan difícil. Así, tal vez, su pequeño pudiera llevar una vida normal.

Creció como uno más e incluso se acostumbró a convivir con aquella extraña condición.

Invariablemente, todas las noches de luna llena, cuando el primer rayo del indiferente satélite rozaba una mínima parte de su cuerpo, comenzaba la transformación.

Cada vez que esto ocurría, debía correr para ocultarse de los ojos de los otros, para que ninguno lo viera. No podía permitir que lo supieran. No debían imaginar nunca que él era distinto.

Sin embargo, aquella noche no tuvo tiempo de esconderse. Cuando comenzó la transfiguración, la dolorosa punzada en el estómago —esta vez incluso más fuerte que otras— lo dejó paralizado y lo derribó.

Los demás se acercaron despacio —curiosos y precavidos— y formaron un círculo a su alrededor. Todos y cada uno de ellos estaban allí: sus más viejos amigos, su familia, sus compañeros de juegos. Ante la vista de todos, completó su horrible metamorfosis.

El temor se adueñó de todos los que lo observaban. Convencidos ya de que aquel extraño ser —tan diferente— que yacía desnudo en medio de ellos, no podía ser sino una amenaza, reaccionaron por instinto.

La primera dentellada le produjo un dolor desgarrador en el brazo. Luego el líder saltó sobre su espalda, cerrando con fuerza las mandíbulas sobre el hombro. Esa fue la señal: el resto de la manada se abalanzó contra él, arañando, mordiendo, rasgando, hasta que su cuerpo fue un triste guiñapo.

Todos colaboraron. Todos, excepto una triste loba gris, que, apartada del grupo, se preguntaba por qué aquel precioso cachorro que fue la alegría de sus días tuvo que nacer con la penosa maldición de convertirse en hombre al aparecer en el cielo la luna llena.

Cuando la manada se cansó de ensañarse con el cadaver del cachorro, ella, tiernamente, lo olisqueó y lamió sus multiples heridas. Luego, durante toda la noche, aulló a la impasible y redonda luna toda su pena y toda su rabia.

Publicado por primera vez en ocurre-bitacora.com, 
en agosto del 2006

domingo, 21 de diciembre de 2025

A tientas


El olor a melocotón del gel de baño de Eva no inundó la habitación como todas las noches, ni escuché sus pasos acercándose a mi cama. No noté el calor del roce de sus labios en la mejilla, ni su mano acariciando mi cabeza. Las mías —mis manos— no exploraron su rostro, ni se detuvieron en la comisura de la boca, donde nacía su sonrisa. Tampoco me arropó, así que no sentí el tacto de las sábanas en mi barbilla, ni susurró en mi oído «hasta mañana».  No pude pedirle que no se fuera aún, que me contara un cuento. Ella no pudo negarse diciendo que ya era grande y que mi padre la esperaba en el salón para ver la película.

Sus pasos no se alejaron hacia el umbral, deteniéndose para recoger la ropa y los juguetes tirados por el cuarto. El sonido del beso que siempre me lanzaba antes de salir no se impuso sobre el soniquete confuso de la televisión, y nadie cerró la puerta, porque nadie la había abierto.

Por eso, el llanto de mi padre llegó ahogado y débil desde el final del pasillo. Por eso, al empezar a caminar a tientas para averiguar qué pasaba, tropecé con los juguetes y la ropa que nadie había recogido. Desde el suelo, lloré y llamé a mi madre, que no me escuchó. Ni esa noche ni ninguna otra noche.

Cuando años más tarde, días después de la operación, me retiraron la venda y viajé de la oscuridad hacia la luz, mis ojos descubrieron, esperándome, la cara ilusionada y nerviosa de mi padre. Sostenía entre las manos una vieja fotografía. Pude ver a mi madre por primera vez tal y como mis manos siempre la habían imaginado.

El aire de la habitación de hospital se llenó de un dulce aroma a melocotón.


©Gabriel Martín
(5/11/2025)

Escrito para "Tinta y Sal"

sábado, 13 de diciembre de 2025

Plástico y barro

 Los pequeños dedos de Jorge agarraron al niño por la cabeza y lo sacaron de su cuna sin ningún cuidado. Como resultado, el niño acabó en el suelo del salón, con los dos brazos separados del cuerpo y la cabeza, empeñada en huir de la bolsa de basura que se adivinaba en su futuro, escondiéndose asustada debajo del sofá.

Este desafortunado suceso fue el comienzo del desastre.

Todos pudimos oír los gritos de mamá a Jorge, y cómo este aseguraba, enrabietado, que él no había sido. En realidad, eso ya importaba poco: el daño estaba hecho.

Los demás se miraban unos a otros, desconcertados y expectantes. En la cara de Herodes, al que podía ver sin problemas desde mi posición, me pareció advertir una sádica expresión de triunfo; José, María, la mula y el buey aparentaban ser los únicos más apenados que sorprendidos —el roce hace el cariño, ya se sabe—. Yo, por mi parte, no creo que vaya a echar mucho de menos al crío. A fin de cuentas, no aportaba gran cosa en las reuniones nocturnas en la plaza del pueblo a las que me gusta asistir, aun sin ser invitado, como testigo escurridizo y mudo.

Añoraré esas fiestas, bajo la tenaz intermitencia roja, verde y azul como única luz de nuestro mundo, una vez apagados los tres soles del techo.

La discusión entre mamá y Jorge se saldó con este castigado en su cuarto, los tres trozos encontrados del niño Jesús en el cubo de material no reciclable y mamá saliendo a toda prisa a la calle, a la búsqueda desesperada de un repuesto.

Esta noche es la gran noche, y, como es sabido, no puede haber un belén sin niño.

Algunos pastores, acompañados por sus ovejas, se acercaron solidarios a consolar de su pérdida a la Sagrada Familia, que acababa de quedarse sin el porqué mismo de su santidad. En la plaza, un ángel anunciador se dedicaba a soliviantar los ánimos contra mamá, explicando que si ella hubiese querido podría haber usado el superglue, que con él funcionó a la perfección cuando se le partió el ala izquierda y que era mano de santo. Un burro le recordó que mamá no había encontrado la cabeza y que dónde se había visto poner una figura descabezada, pero el ángel no hizo caso y siguió con su discurso incendiario.

En estas estábamos cuando regresó mamá con un nuevo habitante para nuestro poblado: un niño Jesús, rechoncho y precioso, un querubín con dos mofletes redondos y sonrosados como fresones, una figura hermosa, sí. Hermosa, pero de plástico.

Mamá dejó al recién llegado en su cuna y se fue a la cocina a preparar la cena.

Entonces empezaron las discusiones. Los Reyes Magos insistieron en que jamás, por nada del mundo, se rebajarían a adorar a aquel engendro químico derivado del petróleo, que ellos eran de barro, de barro del bueno, como debía de ser, y que bastante tenían ya con tener que aguantar a las ovejas, a Herodes y a otras figuras de segunda como para tener que postrarse ante aquel advenedizo. María y José, afectados aún por el dolor de su tragedia, se mostraron inflexibles: aquella burda y blanda imitación no sería reconocida como su hijo. Las lavanderas, de plástico, no se callaron: que si estaban hartas de ser tratadas como figuras de tercera fila solo por ser de otro material, que si qué se habían creído los de barro, que si ya estaba bien, que por qué el niño no iba a ser como ellas.

Otros se unieron a las lavanderas y algunos más hicieron piña alrededor de los Reyes. Después de los reproches llegaron los insultos y más tarde algunos empujones. Creo recordar que el primer golpe lo dio un legionario. Luego no hubo quien lo parase.

No ha quedado ni una casa en pie, hay arena esparcida por todo el salón, los corchos de las montañas se han derrumbado, la cascada se ha salido de su cauce, las luces se han mojado y ya no funcionan.

Como era de esperar, han ganado los de plástico, aguantan más.

Lo peor es ver, desde mi escondite debajo de un corcho y protegido por una cortina de musgo, los restos mutilados de los que eran como yo. Aunque no pueda decir que lo sienta demasiado, al fin y al cabo, ellos, los perdedores, tampoco me quisieron nunca a su lado. Están revolviéndolo todo, me buscan a mí, sin duda: saben que soy el último.

Solo puedo rezar para que no me encuentren. Hasta ahora he podido evitarlo. Soy bueno en eso, es lo que tiene estar siempre escondido. Con el tiempo uno se acostumbra a vivir así, agachado, oculto, furtivo, y cagando.

©Gabriel Martín

06-01-2009

Escrito originalmente para el foro literario Prosófagos