Primer premio en el III Concurso "Antonio de Guevara" , en Valdáliga
Esa tarde actuábamos en Valdáliga, en Treceño. Me lo dijo Jorge mientras conducía de camino hacia allí. Lo hacía, como siempre, por carreteras secundarias. «Es mejor ir por aquí. Si total, con la furgoneta no podemos pasar de cien», decía. A él, claro, no le afectaban igual ni los baches ni el traqueteo de la parte de atrás.
Estaba siendo una temporada ajetreada. Jorge había dado con la tecla. Por fin aceptó que no servíamos para fiestas ni grandes espectáculos y decidió refugiarse en un ámbito más reducido: cuentacuentos y animación a la lectura. Yo lo agradecí. El público de las bibliotecas y las casas de cultura tiene mucha menos tendencia al insulto. Casi siempre.
«Encuentados de conocerte»: así se llamaba el montaje que se dedicó a ofrecer a todos los ayuntamientos, bibliotecas y colegios de la región. «Un éxito», me dijo, «lo estamos petando». El éxito consistía en seis representaciones durante todo el curso. La de ese día era la segunda, así que todavía no teníamos dominado el texto y Jorge, mucho más inseguro que yo, se empeñaba en repasarlo una y otra vez. «¡Hola, chicos! Pasad, pasad, no tengáis miedo…», empezaba la función. Él acompañaba las palabras con movimientos exagerados de sus manos, soltando el volante más de lo prudente. Sin embargo, llegamos sin contratiempos.
La actuación era en la biblioteca, junto a la iglesia, en un pequeño patio a la entrada, demasiado cerca de la carretera para el gusto de Jorge. Aparcó lo más cerca que pudo y empezamos con la descarga del material y el montaje del escenario. Cuando llegaron de la junta vecinal para las presentaciones, una vez más, me tocó llevar la voz cantante. Él es bueno para la organización, las ideas, los guiones y el papeleo, pero cuando se trata de hablar, de las relaciones públicas, siempre me toca a mí cargar con el muerto. Tengo todas las tablas y la labia que a él le faltan. «En el reparto salí mal parado», dice siempre, «yo me llevé la inteligencia y el talento, pero tú pillaste el pico de oro. Y eso hoy en día vale más que todo lo demás». Por eso, él prefiere quedarse siempre callado en un segundo plano, aunque la verdad es que lo único que consigue es que la gente le mire como si fuera imbécil. Esta vez no fue distinto. «¡Qué haría yo sin ti!», me dijo cuando se alejaron cuchicheando entre sí el concejal y la bibliotecaria. «Mimo, idiota, no te quedaría otra que ser mimo», le contesté. Él bajó la cabeza y se frotó nervioso la palma de la mano izquierda contra los pantalones.
De todas formas, yo había conseguido coordinarlo todo con ellos. Comenzaríamos en media hora. Con todo preparado, Jorge se empeñó en que nos daba tiempo a tomar un café y nos acercamos a un bar, unos metros más adelante en la carretera. Ese «tomar un café» significaba en realidad meterse un chupito de orujo de hierbas. Lo necesitaba siempre antes de actuar y, una vez más, me tocó pedirlo a mí.
«Aquí no servimos a niños», me dijo el camarero, socarrón. «Es para él, hombre. Yo no bebo, ¿qué te piensas?», contesté. «Que tampoco me gusta servir a raritos», replicó. «¿Y entonces todos estos?», dije, señalando a los parroquianos.
Me la jugué, lo reconozco. La cara de Jorge era un poema. Se le pasó por la cabeza salir corriendo y dejarme tirado. Sin embargo, tras cinco segundos de silencio, todos estallaron en una tremenda carcajada. «Lo has vuelto a hacer, eh. Un día vas a conseguir que nos maten», me susurró aliviado.
Cuando volvimos a la biblioteca, veinte o treinta niños con sus padres y madres rodeaban ya el escenario. A Jorge, como de costumbre, se le mudó la cara y se puso pálido. Aun así, avanzó hasta su lugar tras las telas. Me tocaba comenzar, así que, una vez en mi sitio en el proscenio, declamé la primera frase: «¡Hola, chicos! Pasad, pasad, no tengáis miedo. Bienvenidos al planeta de los cuentos». Yo le había dicho más de una vez a Jorge que empezar con esa frase cuando ya estaban sentados era una estupidez, pero el genio creativo era él. «¡Si ya estamos aquí!». La voz del niño rubio de la primera fila se alzó por encima del sonido de los coches, provocando las risas y el griterío de todos los demás. Supe lo que iba a pasar nada más escucharle. Ya había sucedido otras veces: mi boca dejó de moverse, las palabras no quisieron salir. Sentí mi cuerpo inmóvil, inútil. Mis piernas dejaron de sostenerme y me desplomé. Desde el suelo pude ver a Jorge, presa del enésimo ataque de pánico: su rostro casi transparente, sudoroso; su boca se abría y cerraba sin emitir sonido alguno; sus brazos y sus piernas tampoco le respondían. Las crucetas que hasta ese momento me habían mantenido en pie escaparon de sus manos y cayeron sobre mi cabeza enredadas con los hilos. Él también se derrumbó.
Se portaron muy bien. Lo llevaron al bar y lo atendieron hasta que se recuperó. Incluso a mí me llevaron con él. Cuando fue capaz de articular palabra, les di las gracias a todos. De reojo, en la pared, al lado del cartel que anunciaba nuestra actuación, Jorge descubrió la convocatoria de un concurso de relatos. Pensó que presentarse sería una buena forma de agradecer la ayuda y explicar lo ocurrido. Me gustaría decir que Jorge ha mejorado desde entonces, pero no estoy seguro. Siempre ha tenido que hablar a través de mí. Ahora también lo hace por escrito.
©Gabriel Martín
Marzo, 2026